Hoy tenemos una columna muy especial, inaguramos esta propuesta que organizamos El Club de la Porota y la Fundación Navarro Viola , y  que tiene como objetivo conocer tu historia, la de las personas mayores de 60 años que habitan en nuestro país. Para comenzar, en esta entrega, comenzaremos con Susana Báez, ella tiene 72 años y vive en la Ciudad de Córdoba.

Si querés saber cómo participar, te invitamos a leer más clickeando aqui. ¡Esperamos tu texto!

**

Susana Báez: “La vida es una sucesión interminable de aprendizajes”

 

La invitación a compartir mis vivencias en un momento tan especial y, en mis recientes 72 años, es un buen momento para reflexionar y hacer balances, para descubrir que la vida es una sucesión interminable de aprendizajes. 

 

Una y otra vez me pregunto cuál es la perspectiva en la que deseo pensarme aquí y ahora. Sé que es imposible hacerlo sin unir mi historia personal con el contexto histórico.

 

Nací en Córdoba. Mi madre chaqueña y mi padre entrerriano me criaron en un hogar estructurado por el trabajo y el estudio. Sus profesiones marcaron mi vida y proyecciones. Abuela y madre docente, abuelo y padre naturalista botánico e ingeniero agrónomo, sin dudas entrelazaron mis inquietudes. Me recibí como maestra Normal Nacional, luego egresé como ingeniera agrónoma. Tras jubilarme pude integrar mi formación y vocación como una de las fundadoras de Kumelen, la primera escuela ambiental de Córdoba. “Kumelen” en voz Mapuche significa “estar feliz” y se nutre de las dos esencias de sus fundadoras: la pedagógica y la ambiental, imprescindibles para la educación del futuro.

 

Muchos años y experiencias consolidaron este compromiso con la educación necesaria para vivir en un mundo mejor; desde mi paso por la investigación científica, el encuentro con grandes maestros, mi actividad ligada a la producción y asesoramiento a la gestión pública y privada, como la acción comunitaria, la docencia media y universitaria, la educación no formal y el trabajo en ONG´s.

 

Pertenezco a una generación que vivió momentos difíciles. Los años 70´con la democracia y sus valores amenazados, los conflictos sociales, la dictadura y la violencia que jamás imaginamos. Por eso quiero reconocer a mi generación porque sentimos el compromiso con los valores que defienden una sociedad más humana, más respetuosa de nosotros mismos y de la naturaleza, más diversa y sustentable, más equitativa y solidaria. 

 

En aquellos años aposté a la vida y al amor. Formé una familia con quien fue mi compañero casi 20 años. En ese hogar nacieron 2 hijas hermosas, Ana y Paula. Los hijos de los hijos llegaron temprano: mi primera nieta tiene 22 años, y aunque ella y sus hermanos crecieron lejos, siempre los sentí cerca. Luego para compensar la distancia y renovar la felicidad, aquí en Córdoba, llegó Simón que hoy tiene 4 años y me permite revivir en cercanía, la maravilla de los niños. 

 

Los años sumaron cambios en mi cuerpo pero mi esencia se mantuvo: sentir, pensar e interactuar con el mundo natural es un patrón que siempre me acompañó, la sabiduría de la naturaleza es un faro. La madre naturaleza nos da vida, nutre, cuida y enseña, pero no es posible mirarla sin mirar a la sociedad.

 

Esto siempre me llevó a estar cerca de la naturaleza, la pandemia no me privó de eso. Mis circunstancias son especiales: el lugar donde vivo, con quien comparto cada día, tener mis necesidades básicas resueltas y algunos pequeños y suficientes lujos. 

 

En apariencia me habita una gran felicidad de disfrutar la intimidad, lo cotidiano… digo ‘en apariencia’ porque la conciencia y comprensión de la crisis a mi alrededor me puso en el equilibrio necesario. 

 

En este juego de mirar lo cercano y lo lejano entra Kumelen y el mundo. Imposible pensar algo sin el todo: el COVID 19 es un recordatorio para la humanidad. La urgencia fue detener el contagio, el aislamiento -más allá de las consecuencias innegables- era algo que todos o la gran mayoría podíamos hacer. Nunca creí en la salvación individual, desde el momento en el que comenzamos a sentir que la pandemia nos llegaba, la percepción fue la de un fenómeno colectivo y… ¡cuánta diferencia hay en eso! Cuando el virus está, el contagio es inminente, pero lo que nos sucede a cada uno depende de muchos factores. Entendí que la salud se vuelve un estado individual aunque sea una conquista colectiva. El primer enfermo es el ambiente, y en un ambiente enfermo, la salud individual está amenazada. Esa verdad tantas veces repetida confirma la imposibilidad de estar bien en medio de una crisis generalizada, de ser feliz frente al sufrimiento o complaciente frente a la injusticia.

 

¿Por qué hablo de Kumelen? Quienes la fundamos y los que se sumaron, consideramos que la educación es el modo de reparar esos huecos del tejido social para construir un mundo mejor, a la medida humana. Es muy gratificante acompañar a tanta gente joven y valiosa a aportar un granito de arena para amar y respetar la naturaleza, repensar cómo nos relacionamos entre nosotros y con ella. Especialmente, para redescubrir y cultivar nuestra esencia humana, cuidadosa de la vida y de lo que la hace posible.

 

Ese es el hilo conductor que une a Kumelen con este espacio al que fui invitada, ambos acompañamos las etapas naturales de la vida: la infancia, la juventud, la vejez.

 

En este mensaje también quiero agradecer a los que me precedieron con sus generosos y valiosos relatos, reflexiones, y a esta propuesta para personas mayores que construye un universo de conexiones entre los adultos que andamos en la vida, honrando cada día, no importa cuánto tiempo más.

 

Susana Báez (72)

Córdoba, Capital