Casi por casualidad conoció al Padre Mario, uno de los sacerdotes más reconocidos del país por su carisma, solidaridad y la capacidad de llevar alivio físico y psíquico a los enfermos. Desde hace más de 20 años Celia es una de las personas que sostienen la Obra iniciada por él en González Catán, y que hoy cuenta con escuela primaria, secundaria, de oficios, jardines, guardería, polideportivo y el Centro de Atención para Adultos Mayores, entre muchas otras acciones.

Ser parte del legado que dejó el Padre Mario, le ayudó a salir adelante y superar la partida de una hija. Hoy a sus 90 años sigue presente cuidando las mejores flores para él y para las miles de personas atendidas en su comunidad.

Yo soy parte de la Obra del Padre Mario

Hace más de treinta años conocí al Padre Mario cuando acompañé a una amiga en la primera comunión de su hijo, que se celebraba en la Capilla Cristo Caminante. En ese tiempo yo no sabía que existía ese lugar, a pesar de que vivía cerca.

Recuerdo que aquel día había muchísima gente y que por ello, ingresé a la iglesia por el acceso del costado, por donde hoy se encuentra el mausoleo. Una monjita me vio y me preguntó si era familiar de uno de los chicos y le dije que sí, sin saber que esa respuesta me permitiría estar cerca del altar, a pocos metros del Padre Mario a quien no conocía.

Escuché con mucha atención sus palabras durante la misa que ofició y desde ese momento, comencé a seguir sus mensajes porque me gustaba lo que transmitían. En algunas ocasiones, sus homilías me emocionaban hasta las lágrimas.

En cada encuentro lo que más me importaba era recibir su bendición porque sentía paz y me hacía bien. Muchas personas nos retirábamos de la iglesia con esa sensación.

Cuando falleció, mi marido y yo nos acercamos a darle el último adiós en su Capilla.  Hasta hoy pienso que nunca hablé con el Padre Mario y que solamente escuché sus palabras.

Tiempo después, hace un poco más de 20 años, comencé a ir al Centro de Atención para Mayores cuando funcionaba en el edificio de la escuela Santa Inés. Iba de vez en cuando junto a mi esposo, pero participábamos en todas las fiestas que allí se organizaban porque Marisa, la coordinadora, siempre nos tenía presente en las invitaciones.

Cuando perdí a una de mis hijas no concurrí a ese centro durante tres años. Estaba muy angustiada. No quería ver a nadie. Fue un golpe muy duro. Pero un día volví y ahí decidí seguir participando por mucho tiempo más. Ahora aquí estoy, junto al jardín que cuido. Me siento contenida, alegre y en el comparto muchas historias sobre mi paso por la Obra del Padre Mario, un recorrido que aún transito.

 

Una rosa para el Padre Mario

Entre las plantas del jardín que cuido con mucha dedicación hay una muy especial que traje de mi casa. Es un rosal de flores coloradas que dediqué a la memoria del Padre Mario. Ya tiene varios años y pese a que en distintos momentos estuvo apunto de secarse, vuelve a revivir. Creo que es el Padre Mario quien le manda energía. Él sabe que es su rosa.

 

 Celia Lopez Costoya (90 años)

González Catán. Buenos Aires

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