En una de mis tantas columnas dije una vez que las personas viejas somos el futuro. ¿Por qué? porque me miro y comprendo en función de mi legado. Y si presto atención, son muchas las personas que me rodean y que están observando mis modos de actuar, de ser y sentir la vida. Desde mi hijo, mis hijas y nietos. Hasta mis vecinos, amigos, compañeros, etc.

 

Si bien imperceptible, mi rol de abuela me hizo dar cuenta de que nada pasa inadvertido desde el punto de vista de quienes nos aman y menos, si son niños. Dicho esto… hoy los quiero invitar a pensar nuestras palabras. En aquellos primeros sonidos que emitimos cuando nos encontramos con otros. Es que el fin de semana pasado estuve de gira familiar celebrando los cumpleaños de una sobrina y de mi yerno. Festejos repletos de personas de todas las edades. Encuentros plagados de papel picado y vino tinto. Rituales en los que participaron desde el recién nacido, el deambulador, las princesas y súper héroes hasta los adolescentes y sus celulares; los jóvenes universitarios, los recién casados, los que llevan más de una década juntos y los que ya peinamos canas. Todos juntos habitamos un espacio que me invitó a observar qué es lo primero que nos decimos las personas cuando nos vemos:

 

«Qué grande que estás»

«Cómo pasa el tiempo»

«¡Uh! se te ve muy bien….¿Te parece? con todos estos kilos de más»

«Gordo y panzón, los años no vienen solos»

«Nos vamos poniendo viejos»

«Grandote el nene»

«¡Ay! qué hermosa esa nena, tan flaquita»

«Precioso bebé, ¿cuánto peso?»

«¿Teta, mamadera o papilla»?

«Regordete como el padre»

«Igualita a la madre»

«El calco de tu suegra»

«¡Qué gorda que está Mengana!»

«Estás igual»

«En nuestra época…»

«¡A full con el gimnasio!»

«No gracias, estoy a dieta»

 

¿Qué notan en estos comentarios?, ¿en estos esbozos de diálogos que cuan eco resonaban en cada rincón de los festejos?

 

¡Sí! se tratan de reproducciones con dos tópicos dominantes: el cuerpo y el tiempo. Ambos tópicos en constante tensión según el paso de los años.

 

En el medio de tanta palabra, correteaban los niños, los adolescentes y los jóvenes. Esos testigos silenciosos del modo en que percibimos la vida. Esos testigos silenciosos del modo en que sentimos nuestro cuerpo y el paso del tiempo. ¡Somos presente! porque a través del amor que nos propiciamos, construimos (o destruimos) el modo en que los más jóvenes crecen y construyen su cosmovisión, su ser en el cuerpo y en el tiempo.

 

¿Acaso el tiempo y el cuerpo son antónimos?, ¿Y las palabras de aprecio?

 

Te propongo, que de ahora en más, antes de saludar a alguien a quien hace mucho que no ves, pienses dos minutitos qué vas a decirle. Palabras de amor, de aprecio para legar. ¡Por favor!

Porota.

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