¿Cuántas veces las mujeres y los hombres mayores de 60 nos hemos escuchado diciendo o pensando: «tengo 60 pero me siento de 20»? Nos sale en automático, sobre todo cuando internamente desbordamos de energía, pasión, sueños y proyectos ¡Con el tiempo a nuestro favor! (porque ya no hay tiempo que perder…)la agenda semanal pide una pausa para descansar. ¿Por qué mi estado de ánimo no refleja mi edad? es una de las tantas preguntas que me azoran a diario. Y luego comprendo que hemos enemistado las palabras «vejez» y «juventud» al punto de otorgarle a la primera representaciones absolutamente negativas; en oposición a la segunda, las más positivas.

 

Ni lo uno ni lo otro. Ni la juventud es tan idílica ni la vejez tan terrible. Las edades se desdibujan cuando nos atraviesan las emociones. No soy joven al explotar de júbilo ni vieja cuando me deprimo. ¡Ya sé! las personas tendemos a comprender el mundo en sentidos opuestos, sin embargo, nada de lo que entendemos es real por sí mismo, sino una construcción del leguaje atravesado por la cultura (o al revés). La representación estereotipada de las diferentes etapas de la vida ha calado tan profundo que aunque lo comprendamos, desterrar a estas palabras de los sentidos que cobijan requerirá de una revolución lenta y paciente.

 

Hace un par de meses participé de una charla con jóvenes entre 12 y 20 años. Un grupo absolutamente respetuoso y atento. Cuando les pregunté qué piensan los grandes de ellos (entiéndase que para ellos «grandes» son sus padres de 40) me dijeron lo siguiente: «que estamos en otro mundo»; «que no dejamos el celular»; «que somos irrespetuosos»; «que no sabemos lo que queremos», «que no dialogamos», etc. ¡Qué paradoja! todos mis compañeros y compañeras del grupo de computación desearían volver a los 20 pero… con la experiencia de los 60 (¡pícaros!) O sea, defenestramos la juventud real y deseamos la que ya no volverá sin revelar que lo que verdaderamente duele es no haber aprovechado el momento en que la tuvimos. Y hoy con una lágrima tatuada miramos a los más jóvenes deseando volver el tiempo atrás. Crecí con la frase «todo tiempo pasado fue mejor». Mi padre se ocupó de recordarla casi a diario. Una falacia que se renueva generación tras generación.

 

Ya sé que el esfuerzo y el ejercicio es grande, pero de apoco y con mucha paciencia, debemos comenzar a escindir los términos de las sensaciones. Si en esta etapa de mi vida, tras criar hijos e hijas, vivir sola, y tener más tiempo para mis cosas, me percibo vigorosa, ansiosa, deseosa, y muchas otras «osas»… he de gritarlo a los cuatro vientos con los años bien puestos.

 

Hemos de revelarnos contra el secreto de no confesar la edad. Hemos de enorgullecernos del camino transitado pero aún más del que transitamos en este eterno presente. Lo que debería marcar nuestro pulso diario es el anhelo de seguir abrazando la vida con sus luces y sombras, desafíos y retos, alegrías y tristezas. Sin importar si tengo 20 o 60. Soy una convencida de que en este mundo hay lugar para todos, sólo debemos comprender que no tenemos que competir con nadie. Al lo contrario. Convivimos a diario con personas de las más diversas edades. Todas y cada una de ellas tienen algo valioso para ofrecer. Mirar los jóvenes de hoy del modo en que los percibimos: irresponsables, perdidos, idiotizados por la tecnología, etc. y ver en nuestros 20 la felicidad de lo que ya no será solo perpetúa la falacia de que «todo pasado fue mejor» y contribuye a profundizar la grieta generacional. Ni mejor, ni peor. Diferente, distinto.

 

Confieso a corazón abierto: ¡es cierto, ya no soy la misma! Mi cara está atravesada por surcos perennes, mi pelo se tiñó de un blanco eterno, mi cuerpo denota cambios profundos, mi paso es más lento y mi osteoporosis cala profundo mis huesos (en el sentido más literal y metafórico de la analogía)¡Pero no importa! Tengo que aprender a vivir conmigo y dar cuenta de que los cambios son inherentes a la vida. El cuerpo acompaña y se manifiesta.

 

Aleha Chapin, belleza  60

Aleah Chapin es una artista norteamericana que se destaca por retratar a personas envejecientes desnudas; en especial, mujeres. Su obra es de vanguardia, valiente porque muestra en plena luz del día la belleza del cuerpo atravesado por el paso del tiempo. De cuerpos que son de 60 y más pero que expresan sentimientos, sensaciones, emociones que no tienen edad. Personas absolutamente valientes que se abrazan a sí mismas y le gritan al mundo ¡tengo sueños sin edad, tengo anhelos sin cronología, tengo pasiones sin estereotipos!

Chapin no apela al «retoque», apela a la confianza de aquellas que se sienten a gusto consigo mismas. Ni de 20, ni de 30, ni de 40, ni de 50… sexagenarias con arrugas, manchas en la piel, pecas, bello, cabellos canos y algún que otro tatuaje.

 

Perseguir nuestros sueños, ir tras ellos, atraparlos no es una acción determinada por la edad (ni de 20, ni de 60) es una actitud determinada por el amor a la vida, a nuestra vida.

 

Porota.

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Mirá y disfrutá la obra de Aleha en www.aleahchapin.com
Acompaña la columna de hoy imágenes del ilustrador cordobés, Martín Eschoyez.