Gladys Seppi Fernández es escritora. Tiene 81 años y nos relata como
pocos las profundas vivencias de estos tiempos de pandemia. Nos trae
noticias de lo que pasa detrás de las puertas de una persona mayor
recluida por voluntad propia o ajena. Con detalle nos pinta su vida de
hoy, sus sentimientos, y las maneras de dar y recibir el amor de sus
hijos, sus nietos y su pareja para sobrevivir al aislamiento. Te invitamos a
conocer de cerca su historia que es, también, la de muchos.Me dedico a escribir. He publicado 21 libros, el último de los cuales
se llama “Llegar a los ochenta”. Durante mi vida laboral fui profesora de
Castellano, Literatura y Latín así como vicedirectora de la Escuela
Normal Superior de Profesorado República. del Perú” de Cruz del Eje.
Luego de jubilarme me vine a vivir a Córdoba.
Tengo 81 años y transitar esta pandemia me ha llevado a vivir una
crisis personal nunca presentida, como tampoco a nivel mundial y
nacional. Lucho por recuperar mi equilibrio. Tengo seis hijos, ya mayores
y diecinueve nietos y considero a mi familia como mi mayor y positivo
sostén, junto a mi pareja, que después de quedar viuda, me acompaña.
La experiencia de tener un compañero en la etapa de declinación
vital, me permite afirmar que el amor da un profundo sentido a una edad
en que la mayoría de hombres y mujeres quedan solos, tristes,
deprimidos.
Mis hijos han formado sus propias familias y yo me he propuesto, no
ser la madre dependiente que los llama a cada momento para que
cubran lo que los años impiden hacer por cuenta propia. Hasta ahora
voy bien, hago lo mío. Pago mis cuentas y puedo salir a abastecerme, lo
que, de ninguna manera significa que no sienta el paso de cada año en
mi cuerpo. Por ahora, logro mantener mi espíritu en estado optimista y
esperanzado. La pesadilla del coronavirus tiene que terminar y las
vacunas son una posibilidad.

Sobre mi vida hoy

Vivo en un departamento en Nueva Córdoba, me dedico a escribir,
publico notas en algunos diarios, La Voz del interior, Nueva Rioja, entre
otros. También en Facebook.
Mi departamento tiene un jardín cuyo fondo está iluminado por las
torres de la iglesia más bonita y paradigmática de Córdoba, lo disfruto y
agradezco este privilegio.
Como la mayoría de personas enfrento esta pandemia como una
guerra inesperada, bastante incomprensible. Me cuido, no quiero morir
aún y lamento la muerte que se acerca amenazante.
Por cierto esta situación me ha puesto en estado de crisis existencial.
Se imponen rigurosos cambios y lo que más me debilita, es la
incertidumbre.
Personalmente, lo que más sufro es la separación de mis seres
queridos, no poder abrazar a mis amados hijos, cinco de los cuales viven
en Neuquén junto a diecisiete de mis diecinueve nietos. A este
sufrimiento sumo no poder ver a mi compañero, encerrado en un
geriátrico que no permite visitas, lo que considero un acto aberrante de
gran crueldad. Y nadie busca soluciones alternativas a esta situación
injusta.
Los frecuentes correos electrónicos, sin embargo atenúan este gran
dolor.
Podría pasar la mayoría de los días en una serena quietud, aderezada
con trabajos de pintura o escribiendo notas para Facebook, para un libro
sobre la vida después de los ochenta años y otros entretenimiento, pero
saber que un ser muy amado está encerrado, sin poder salir ni ver a su
familia, va minando mis resistencias.
Agradezco los adelantos tecnológicos que facilitan la comunicación
con mis hijos y amigos. Por cierto se siente el vacío de abrazos y
manifestaciones directas de afecto, se extraña el contacto con ellos. Seis
meses se dice de una vez, pero vivirlos se transforma en una pesadilla.
Sin embargo, ¡cuánto alivia ver a toda mi familia asomados a una
pantalla que nos une vía Zoom!
¡Qué bueno es demostrarnos nuestro mutuo amor familiar!
Quisiera retribuir su generosidad transmitiendoles optimismo, alegría. A
veces puedo, otras no.

Las separaciones impuestas

Con Juan nos conocemos hace 20 años. Enviudar del amor de mi
vida y padre de mis hijos me dejó sola. Estar jubilada y con cada hijo
formando su propio hogar, me enfrentaron a la posibilidad de buscar un
compañero. Y lo encontré.
Encontré al hombre indicado con una gran nobleza de corazón, sólida
formación intelectual, gustos y proyectos semejantes. Todo nos une.
Coincidencias que se endulzan con una medida atracción que los años
no han apagado.
Después de veinte años compartidos, la debilidad en sus piernas,
determinaron la necesidad de un geriátrico. La pandemia y la prohibición
de visitas produjeron una gran hecatombe. Nuestro amor se patentiza en
más de una centena de cartas, también el común dolor y nuestro
esfuerzo de apegarnos a la vida, a lo que nos queda: un cerebro sano,
ojos y manos para teclear y manifestar que todavía estamos aquí,
brindándonos y agradeciendo a la vida mantenernos vivos.

Gladys Seppi Fernández (81 años)
Córdoba.
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