La vida de Lilia es increíble.  La décimo quinta es una historia de superación y resiliencia permanente. A través de su relato seremos testigos de la reinvención que fue haciendo de su vida ante cada traspié, cada desafío, ante cada tormenta. Desde sus primeros años a la actualidad, de La Pampa a París, de aquel 147 que la llevaba a dar clases, a sus cursos on line en Quebec, todo cabe en su vida. Te invitamos a viajar con ella y disfrutar de esta historia de esperanza. 

 

Sin mirar atrás

 

A veces, si miramos atrás,  nos damos cuenta del largo trayecto que llevamos recorrido. 

En mi caso, este camino se inició en La Pampa, en el ´53. Soy la mayor de tres hermanos, de una familia que estuvo marcada desde muy temprano por la enfermedad. Mi hermano tuvo polio, y luego de mi madre, a los 28 años contrajo esclerosis múltiple. Desde muy pequeña me tuve que  encargar de tareas difíciles para una niña.

Salía poco, me encantaba la escuela y era excelente alumna. Muy lectora, pasaba las siestas leyendo y estudiaba piano.

Al terminar el secundario, ya estaba de novia con quien sería el padre de mis hijos.  Ya casada, muy joven, comencé la carrera de Letras en la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires.  Vivía a una hora de tren de mi trabajo y  luego iba a la universidad. Hasta que las convulsiones políticas del momento ( 1975) me impidieron terminar mi carrera. Mi esposo pudo terminar la suya y  embarazada de mis hijas mellizas regresamos a La Pampa. Fui la primera mujer trasladada al Banco Nación, con una panza de siete meses!  No tuve el mejor de los recibimientos en un universo de hombres, salvo por unos pocos compañeros jóvenes.

Dos años más tarde nació mi hijo varón. Dejé el banco y  retomé los estudios de francés.

Poco después mi esposo sufrió un infarto, y el médico que lo atendía en pleno viaje a Buenos Aires  en avión ambulancia me dijo:

– Nena, ¿qué edad tenés ? 

– 28 , doctor.

 –Bueno, estás a tiempo de rehacer tu vida.

Esas palabras me marcaron. Seguí estudiando, creé un instituto de idioma, y cuando mis hijos cursaban el secundario me inscribí en el profesorado de francés en Pehuajó, donde obtuve mi título de profesora. Estudiaba mientras mis hijos estaban en la escuela y mi marido trabajaba. Tenía que viajar periódicamente, haciendo grandes sacrificios. Era un viaje que se hacía interminable, cursaba todo el día, dormía en el hotel y regresaba haciendo el mismo trayecto. Agotador.

Mi relación de pareja venía cada vez peor. 

Terminé mi carrera al mismo tiempo que mis hijos, el colegio. Cuando partieron a estudiar, decidí separarme. Como mi sueldo como profesora del secundario era magro, tuve que tomar horas de cátedra, dos días por semana en la capital de la provincia. Mi primer viaje lo hice en mi Fiat 147. En el camino tuve que soportar una tormenta de piedra.  Me guarecí bajo unos eucaliptos (después supe que eso era muy peligroso). Cuando pasó la tormenta, no podía parar de llorar! Y a partir de ese día comencé a hacer el viaje en colectivo. Los sábados regresaba y  daba clases en un terciario.

A partir de mi divorcio empezó una nueva vida, no sólo en lo personal sino en lo profesional. Obtuve varias becas de perfeccionamiento, lo que me dio la posibilidad de viajar a Quebec y dos veces a Francia, conocí a gente de todo el mundo y descubrí que mi pasión, aparte de mi profesión, es viajar. 

Pude vender la casa que me había quedado en la división de bienes y  construí una nueva donde vivo sola. Una casa luminosa, cómoda, en un hermoso barrio. 

Por años trabajé en colegios secundarios, y como responsable de la Alianza Francesa de mi ciudad.

Me pude jubilar a los 63 y cumplir mi mayor sueño: pasar varios meses en Francia. 

Allí partí rumbo a una experiencia maravillosa. Viví 7 meses en Europa, alternando  parte de mi estadía allí y en otras ciudades y más allá. Fue maravilloso.

Desde ese momento no paré más. Llevo recorridos 37 países y la mayoría de las veces he viajado sola.

El confinamiento me obligó a postergar un viaje que tenía previsto para este año, pero me dio la oportunidad de dar clases por zoom a gente de Bélgica. Tengo alumnos de varias nacionalidades que necesitan hablar francés  y este desafío me hizo compensar en parte, la relación personal que tenía con mis clases presenciales.

También pude disponer de mi tiempo para tomar clases de arte, collage, acuarela, y otras técnicas. Y descubrí que podía hacer cosas que nunca había imaginado. Para no descuidar el físico,  camino y  voy al gimnasio. Participo en un coro, suspendido por el momento por la pandemia y estudio inglés.

Una vez al mes, colaboro en la cocina de un comedor comunitario donde preparamos viandas para un centenar de personas. 

Por suerte mi provincia no se ha visto tan afectada por la pandemia, y ha sido muy poco el tiempo en que no he podido ver a mis hijos, hermanos y amigas.

 Mis días transcurren apacibles pero muy activos.  Mi lema es carpe diem y así vivo, tratando de disfrutar de cada momento como el mejor.

                                                                              

  Lilia Noemí Carracedo (67 años)

General Pico. La Pampa.