En esta oportunidad, traemos la voz de Marcela, quien nos cuenta de qué manera la pandemia, y su encierro, fueron para ella la oportunidad de hacer cosas por primera vez en su vida, a los 84 años. Te invitamos a divertirte con su relato fresco y sorprendente. A descubrir su energía,vitalidad, empuje y conciencia de sí misma frente a las pequeñas y grandes cosas de la vida. 

 

Siempre hay algo nuevo 

Increíblemente me voy acostumbrando al encierro. Se van formando hábitos y voy aprendiendo nuevas habilidades. Por ejemplo, pasar el trapo con lavandina por toda la casa. No me van a creer, pero es la primera vez en mi vida que trapeo una casa, cualquiera de todas las que he tenido. 

Es extraordinario hacer algo por primera vez en la vida. Es como una aurora, un nuevo nacimiento, no se me había ocurrido contemplar este ejercicio de limpieza como una experiencia absolutamente original, virginal.

 He nacido a la limpieza de la cocina, no es muy destacado como logro, ya lo sé,  pero quién dice que todo logro debe ser extraordinario. Lo que es aún más increíble es que me gustó hacerlo, aunque sea para demostrarme a mí misma que puedo. No es que se vaya a transformar en mi actividad preferida, pero si fuera una niña casadera sería una condición agregada al resto de mis encantos. Es tarde ahora para eso, pero sería lindo imaginarme como una niña hacendosa. 

La vida, para mí, siempre fue escritura, libros, música, pero de lo práctico no recibí ninguna información durante mi niñez y adolescencia. 

Nunca olvidaré la confusión de mi hermana cuando tuvo que salir a hacer su primera compra de comida después de casarse. En ese caso, fue a la panadería. ¡No sabía cómo se compraba el pan! ¿Cómo pedirlo?,  un pedazo, un poco, algo de pan, eso que veo allí. ¡Juro que no estoy inventando! Hasta el día de hoy no logra diferenciar los cortes de carne. Lo que no se aprende de chica, no se aprende más. 

De nuestra casa salimos cultas, sociables, de buenos modales, independientes, al menos yo; hablando tres idiomas, versadas en libros y música, pero de tareas hogareñas no hubo aprendizaje. Mi primer intento de cocinar un bife fue guiado telefónicamente por Nora, la cocinera de mi madre. Nunca lo olvidaré. Cinco minutos de un lado, y después, apenas uno o dos del otro lado. Cuando está del otro lado, entonces se le echa la sal. Debo decir que soy buena alumna, el bife salió comible; pero no sabía cómo organizar una casa. Por eso celebro con cantos e himnos de alegría, mi inauguración en el trapeo de limpieza. 

Tengo 83 años e hice algo por primera vez en mi vida. ¿Qué cosas no me aguardan ahora, en la lontananza, para ser inauguradas? Nada está dicho, nunca. Mi querida madre murió sin saber hacer un bife, o un café, y haciéndose servir un vaso de agua. Las generaciones avanzan en ciencia y paciencia. 

Para contrabalancear el esfuerzo físico, me entregué a mi clase de alemán. Tengo voluntad e interés pero el sistema por el que estudio no me permite ir más allá de cierto nivel por clase. Estoy tratando de cambiar eso porque mi nieta Carola, en cambio, va en forma acelerada y nadie le impide hacerlo. Quiero salir de la cuarentena, que va para largo, me parece, hablando pasablemente alemán. Mi hermana en cambio, con sus noventa años, la está pasando en Punta del Este, y para paliar el tiempo baila, sobre todo bossa nova.  Así fue siempre nuestra familia, rara y poco familiar. A mí, el baile no se me da, así que trato de paliar el tiempo escribiendo mis experiencias de la prisión voluntaria, trapeando, lavando y caminando por el pasillo de entrada del edificio hasta cumplir con los pasos necesarios para no engordar. Ich bin eine Frau. Tschüss*.


*Nota de editor: “Soy una mujer. Adios”. 

 

Marcela Solá (84 años)

Ciudad Autónoma de Buenos Aires

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