¡Salió mi quinta columna para Hoy Día Córdoba!: Deseos

A la larga o a la corta deberemos sincerarnos con nosotr@s mism@s. Hacer una pausa y detenernos a pensar cuan fieles hemos sido a nuestros deseos. En apariencia, mientras más camino recorremos más deberíamos aprender. Sin embargo, contar con un extenso trayecto no significa que hayamos adquirido experiencia, aprendizaje o sabiduría. Cuando tenía 7 años osé tocarle a mi papá la guitarra de colección que tenía exhibida cuan trofeo en el living de casa. Jamás olvidaré su enojo dibujado entre sus frondosas cejas: “¡No es de niñas tocar la guitarra. Deberías seguir yendo a danza en vez de cantar todo el tiempo!”, me dijo con desprecio mientras guardaba para siempre a “Tersi”, réplica de la Telecaster que usaba su ídolo, Elvis Presley . Mi infancia estuvo atravesada por la música. En casa tarareaba las canciones de misa que le escuchaba entonar a mi madre, miembro estelar del coro dominical. A escondidas, gritaba en silencio los grandes hits de El Rey. De a poco mi música interior se fue apagando y a los 12 terminé recibiéndome de profesora de ballet. Si bien nunca me gustó, por lo menos así pude filtrar mi pasión por la música y dejarme rescatar por los mejores intérpretes del género clásico. Este cuento viene a cuento de la hermosa película que fuimos a ver con Raquel la semana pasada: “Florence Foster Jenkins”, protagonizada por dos grandes y viejos del cine; Meryl Streep y Hugh Grant. Florence tenía una pasión… cantar. No era buena. Desentonaba al punto de generar el escalofrío más intenso. Pero a ella no le importaba. De modo ingenuo logró cumplir con su pasión. “La gente puede decir que no sé cantar, pero nadie podrá decir nunca que no canté”, dijo Florence a días de su muerte. La película y Florence me movilizaron mucho. Si bien hace tiempo que tomé la decisión de vivir mi vejez de un modo distinto, más genuino, sincero y positivo, esta es la primera vez que logro dimensionar cuán dormida estuve. Cuan apagada, alineada, aburrida, muerta. Ya no importa si tengo o no voz, oído o condiciones. Lo que importa es no quedarme con las ganas de hacer aquello que siempre deseé, que siempre supe que deseaba. Y si de aprender se trata, hoy a mis sesenta y tantos puedo mirar mi trayecto, mi camino, mi recorrido. Puedo abrazar lo andado y comprender que el fuego sigue vivo en mí, que aún no se apagó. Qué insiste para existir. Que nunca es tarde. Florence actuó en el Carnegie Hall, uno de los teatros más emblemáticos de New York, recién a los 76 años. En ella no habitaban los prejuicios, el miedo a la mirada de l@s otr@s o la exigencia desmedida. En ella simplemente habitaba su deseo. Un deseo que no perjudicaba a nadie, que no hería ni escindía derechos ajenos. ¡Llegó la hora, llegó mi hora! Claro que sí. Pronto, muy pronto me verán, me veré rocanroleando. Lo juro por esa pasión que es mía, por esa pasión que me habita. Por ese fuego que no sabe de edades, prejuicios o miedos. Por ese fuego que solo sabe que nació para iluminar y calentar los deseos de su dueña.

 

“Considero más valiente al que conquista sus deseos
que al que conquista a sus enemigos,
ya que la victoria más dura es la victoria sobre uno mismo”.

Aristóteles

 

Porota Vida
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