Reflexión desordenada: vejez, rara vejez

“Abuela, ahora que no voy a la escuela quiero ir a tu casa unos días”, me dijo Santi en un mensajito de voz enviado por wasap. Tras recibir semejante deseo, salté del sillón y “corrí” a buscarlo.

 

Nos disfrutamos. Con mis cartas españolas jugamos a la “casita robada” y con sus cartas de Pókemon a “piedra, papel, tijera”. Vamos a la pileta del club y chapoteamos de lo lindo. Santi ya sabe flotar en el agua y no para de bucear con sus antiparras nuevas buscando “tesoritos”. A veces, merendamos en la heladería de la esquina, otras nos quedamos en casa disfrutando de unas ricas tostadas con manteca. El mes recién empieza y ya tengo el cuerpo cansado pero el alma llena. ¡Cuánta intensidad y energía reservada en un solo cuerpito!, ¡cuánta belleza por desplegar! Si bien me fatigo y en la noche ansío desplomarme en la cama, estar con Santi me llena de vida. El intercambio es mutuo: él obtiene exclusividad y mirada constante y yo reciclo mi deseo de cuidar, amar y sentirme útil.

 

¡Cuán importante es sentirse necesitada! Con el paso del tiempo y los cambios legítimos que la vida nos va ofreciendo, me resulta imposible no entristecerme al reparar que la vejez me muestra una faceta de la soledad que me aterra. Sin embargo, ese lado angustioso me invita a conectarme más conmigo misma y a apreciar mi propia compañía. Cuando logro estar a gusto me abro a la vida y me hallo rodeada de personas genuinas que me aprecian tal cual soy.

 

Hay un libro infantil muy elocuente, y que da cabal muestra de que salir del lugar de víctima, sobre todo en la vejez, es una decisión absolutamente personal. Es un libro que atesoro en mi biblioteca y que hemos leído con Santi, todas, absolutamente todas, las noches. Se llama “Lo más raro de mi casa” (#) La historia gira en torno a un concurso de cosas raras que organiza la escuela a la que asiste un niño de la edad de Santi; protagonista del libro. Cuando el niño repara que lo más raro de su casa es la dentadura postiza de su abuelo, decide llevara para “ganar”. Lo llamativo es que el abuelo le autoriza mostrarla siempre y cuando él también pueda ir. Lo que sucede después no se los voy a contar. El relato pone en valor la actitud de apertura del abuelo para vivir experiencias diferentes ante una rutina sin sobresaltos de un viejo que habita en casa de su hijo o hija (no se detalla) y al que ya nadie presta atención. En pleno desarrollo de la historia, el abuelo adopta otra actitud inesperada que moldea un final absolutamente resiliente.

 

Con todo esto, pinceladas de una reflexión compuesta por pequeños detalles de mi vida, quiero invitarles a mirar su vida de modo transversal. Los años nos atraviesan y en ese trazo los recuerdos se filtran desordenadamente sin edad. Porque las emociones no entienden de tiempos. Conectar con personas que te retrotraen a esos no-tiempos, como lo puede ser un nieto (pero también muchas otras figuras vinculares) es una invitación a salir de nuestro lugar de confort. Es una invitación a la acción. A dar por dar. A hacer por hacer. A vivir por vivir. Cualquier excusa es válida… incluso, la dentadura postiza.

 

 

“A través de sus nietos, los abuelos logran continuidad y trascendencia, mientras que a los nietos este vínculo les permite anticipar la vejez de sus padres, e incluso, la propia, además de incorporar la vivencia de cómo sus padres soportan el envejecer de sus propios padres”.  Graciela Zarevsky

#Lo más raro de mi casa – de María Fernanda Heredia / Ilustraciones: Roger Ycaza / Ed. Edelvives

Porota.

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