En la décimo tercera entrega, te presentamos a «Luichin». Vive en Villa del Rosario, una ciudad del interior de la Provincia de Córdoba que es considerada “zona blanca”, esos lugares donde el Covid 19 todavía no llegó. Desde esa realidad en la que también hay cuidados y precauciones, él nos comparte un poco de sus días. ¿Lo conocemos juntos?

Razones para agradecer en cuarentena

 

Soy Luichin. El del medio de cinco hermanos, con padres separados y madre docente que se las rebuscaba para mantenernos a todos en esa época.

Camino a los 65 me agarró la pandemia apuntalado por una mujer con la que llevamos 48 años juntos (7 de novios y 41 de casados). Ambos somos jubilados. Tenemos cuatro hijos que van entre los 40 y los 18 años y tres bellas nietas. 

Tengo la inmensa suerte de vivir en Villa del Rosario, Córdoba, o sea el interior del interior.  Mi  pueblo es un polo educativo en la región. Tiene cuatro escuelas primarias y secundarias, e institutos de formación superior tanto docente como de especialistas en software, molienda y oleaginosas, enfermería y hasta Facultad de Veterinaria, y un centro de educación especial y adulto. Estamos rodeados de una intensa actividad estudiantil y docentes y bañados por el río Xanaes que nos embellece, con una costanera hermosa a la que concurren los habitantes de muchos pueblos vecinos. 

El clima es bastante cambiante. Amanecemos con viento del Norte y a la tarde rota al Sur. El sol de la llanura es recalcitrante en verano. En época de sequía, como la que estamos pasando ahora, la tierra en el ambiente es la característica sobresaliente. 

En estos días, la vida transcurre sin sobresaltos. Me cuido mucho porque tengo enfermedades preexistentes. Soy diabético, asmático e hipertenso, lo que me llevó a iniciar -empujado por mi mujer- caminatas casi diarias de unos 6 km.  para consumir menos medicamentos. 

Tengo la suerte de tener mucho conocimiento sobre informática desde hace unos 30 años por lo que honro todas mis obligaciones por la red: impuestos, servicios, tarjetas, seguros y …¡hasta hago compras!

Me siento agradecido de lo que Dios me dio. Soy un amigo de mis enfermedades, convivo con ellas sin amargarme o protestar permanentemente por tenerlas. Pude estar fuerte para apoyar a mi mujer cuando estuvo enferma de cáncer, y ahora que está sana, es otra cosa para agradecer. 

Reflexionando sobre este flagelo y las consecuencias con que se azota y se ensaña con los más vulnerables, da mucha pena, mucha tristeza. Como creyente lo tomo como una especie de Cuaresma, una preparación para la Pascua,  un tiempo para mirar para adentro, ver las cosas que hicimos mal, reconocerlas, enmendarlas, reconciliarnos con Dios.

Me levanto todas las mañanas agradeciendo poder vestirme solo, no tener necesidades importantes, atarme los cordones, asearme, ayudar a mis hijos en lo que puedo, comer todos los días, hacer de comer -me encanta-, desayunar en la cama todas las mañanas, cuidar las plantas, tomar unos mates amargos con Nencia, escuchar, ver, oler, bailar folclore. Debo confesar que soy un apasionado de la danza folclórica y que integro un taller de adultos con el que visitamos Cuba en el 2012. 

Por supuesto que no todo es color de rosa. Los estados de ánimo han sido cambiantes: la ansiedad, la angustia, el pánico, la incertidumbre, las ganas de salir a ver familiares y amigos, me han tenido mal, igual que a otras personas.

Esta situación ha incrementado exponencialmente el contacto a través de las redes sociales, WhatsApp, Facebook e Instagram,  con los amigos y familiares desparramados por todo el país y el extranjero. 

Todas las noches leo por internet, desde Calderón de la Barca a Ramón Jimenez, Desde Santa Teresa de Jesús a Larrañaga. Desde Lope de Vega a los relatos de la Porota. Casi nada de televisión, nada de noticieros, poquito de radio, total… son todas malas noticias.  A las buenas noticias las seguiremos esperando. 

 

Luis Eduardo Rojas (64 años)

Villa del Rosario, Córdoba