Llevo vividas exactamente 65 Navidades. Cuando era pequeña, mi mamá horneaba budines y galletas de manteca que devorábamos con placer tras el brindis de media noche. Mi papá se olvidaba de sus problemas por un instante, desenfundaba su guitarra y nos cantaba clásicos como «You were always on my mind» de Elvis Presley. En aquella noche, el tiempo parecía detenerse, y de repente, cual regalo, obteníamos los padres que mis herman@s y yo anhelábamos disfrutar en nuestra vida cotidiana. No recuerdo si recibíamos algún juguete, creo que no importa. Para mí, el mejor obsequio yacía en la mirada cariñosa de mi madre mientras nos ofrecía sus galletas junto al suave y amoroso canto de mi padre al entonar los temas de su ídolo.

Con el tiempo, me convertí en mamá, y fui la encargada de «preservar» el espíritu de la Navidad en mi casa. Me costó y mucho. Diciembre me abrumaba. Las fiestas, las disputas, los compromisos, la familia… Solía sumirme en la cocina, me refugiaba en la «importancia» de colmar una mesa llena de comida. Ahora a la distancia, intento recordar a dónde estaban mis hij@s y no los recuerdo. Reparé que lo único que me preocupaba era sobrevivir a los encuentros familiares y salir airosa.

Armamos el árbol de Navidad recién cuando Bianca estuvo en condiciones de hacerlo sola. Y eso fue a los 10 años. ¡Estuvimos 10 años sin árbol de Navidad!, sin regalos, sin cartas, sin expectativas, sin magia. Eso sí… con mucha comida. Abundante comida para llenar vacíos, profundos pozos sin fin, absolutamente insaciables.

Duelen esas fiestas desconectadas, forzadas e inútiles. Por suerte, pude ver y abrazar mi violencia, compadecerme de mi misma e invitarme a sanar. Es por eso que este año abriré las puertas de mi casa para mis hij@s, yerno y niet@s. Ya decoré un pino de verdad con borlas rojas y plateadas. La estrella de la punta tiene luces de colores que titilan sin parar. Cenaremos papas fritas con milanesas, la comida preferida de todos mis comensales. Helado de chocolate y crema servido en barquillo, será el postre. Tras la medianoche brindaremos con las galletas caseras que ya tengo horneadas, tal cual las hacía mi madre. No cocinaré de más con la excusa de que debe sobrar para el 25. Solo lo justo y necesario para disfrutar sin empacharnos. Prenderé velas en lo alto de las alacenas para que los niñ@s las disfruten sin riesgos. Adelantaré el reloj una hora con el propósito de que Papá Noel llegue antes de que Santi se desvanezca en el sofá. Le escribiré una carta con letra dorada a cada uno de mis hij@s y les recordaré lo que jamás pude decirles, que los amo. Abriremos los regalos todos junt@s, lentamente, respetando el tiempo que cada uno quiera tomarse. Me sentaré en la alfombra y estaré disponible para quien quiera descansar en mi regazo. Peinaré el cabello de quien se tire a mis pies. Me quedaré quieta por varios minutos y callaré.

 

Y vos… ¿cómo vas a vivir esta Navidad; este renacer que año a año nos brinda la oportunidad de volver a empezar? Te propongo que pienses en acciones simples, sencillas, concretas, factibles. Te propongo que repares en los detalles, en aquellas cosas que no tienen precio pero sí un valor incalculable. Te insto a que regales obsequios que no se puedan comprar, que solo tengan que insumirte tiempo y amor. Desde mi humilde y sencilla humanidad, te invito a mirar, abrazar, sonreír, acompañar, sin juzgar, corriéndote del centro, abriendo los brazos agradecid@ por lo que la vida te regale en ese preciso momento en que el reloj se detenga y la magia de la Navidad te recuerde que somos lo que damos, no lo que compramos.

 

¡FELIZ NAVIDAD, FELIZ NAVIDAD!

GRACIAS,

Porota.
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