“Vamos a viajar con un equipo millennials y no con viejos. Ya están vetustos, hay que renovar”, rezó la frase de una bella y joven mujer en la sala de espera. Su tono fue apabullante, dictatorial y hasta irónico. La miré íntegra. Llevaba un anillo de oro en su mano izquierda. Tras terminar la llamada, viró a su derecha e inició un intenso diálogo con la adolescente sentada a su lado. Era su hija de 15 años. Ambas miraban en el celular fotos de quinceañeras en Disney.  La niña casi no emitía sonido, y ella, sin perder la impronta, hablaba sin parar. En eso surge un imperativo que lo cambio todo: “Mamá, vamos a ir con la mamá de Vale, que es más joven y piola que vos”. ¡Chim, pum! Me es imposible describirles la cara de esa madre, mujer, empresaria. Enmudeció. En tanto, su hija siguió jugando con el celular como si nada.

 

La anécdota ayuda a ejemplificar el proceso de envejecimiento por el que atravesamos quienes vivimos. Y por supuesto, nos permite pensar ¿qué es ser viej@?, ¿quién es viej@? Un sinfín de ejemplos giran en torno a la multiplicidad de respuestas posibles para estas preguntas. Creo que no debemos discutir sobre las limitaciones o posibilidades que nos brindan las distintas etapas de la vida. Si no, estimo, que hemos de reflexionar sobre ¿cómo aprovechar sin arrepentimientos el proceso vital y como capitalizar la experiencia? ¡Porque la experiencia cuenta! Y cuenta, sólo en el caso de que hayamos aprendido y comprendido por qué nos sucedió lo que nos sucedió. El lugar que ocupemos en el mundo, en nuestros pequeños micro espacios de vida, no dependerá de la edad sino de cuanto maduremos nuestra capacidad de introspección. Mientras más nos conozcamos, mayor será la posibilidad de apoderarnos de nuestras virtudes y de acondicionarlas a los desafíos.

 

¡Qué desafío formar parte de un equipo de trabajo con millennials y baby boomers! ¡Qué regocijo acompañar a tu hija de viaje, no por ser joven, sino por tu respeto, adaptabilidad y capacidad de disfrute!, ¡qué belleza que las generaciones más jóvenes quieran compartir -con una vieja como yo- una charla distendida, en confianza, basada en la escucha y sin emisión de prejuicios!

¿Cuántas veces escuchamos…?: “jóvenes eran los de antes…”, “en mi época esto no pasaba”, “los jóvenes ahora son más desconsiderados, brutos e irrespetuosos”, “yo a tu edad…” Y así podría ocupar la página entera describiendo frases hechas, que trascienden las diferentes generaciones y que bajan por el árbol en boca del bisabuelo y la bisabuela; de la abuela y el abuelo; del padre y la madre. ¡Cuánto nos cuesta abrazar el presente y dejar de desear lo que no tenemos, lo que ya aconteció!, ¡cuán difícil es reconocernos como seres que envejecemos, amigarse con el paso del tiempo y regar la capacidad de adaptación! Si la vida en definitiva es eso… adaptación contante a los desafíos diarios que nos presenta.

 

Ojalá algún día, en alguna sala de espera, la mujer joven y bella diga: “Vamos a viajar con un equipo de millennials y viejos sesentosos. La experiencia será inaudita, por un lado l@s chic@s entrenados en nuevas tecnologías nutridos de flexibilidad, capacidad de adaptación y altos niveles de creatividad. Por el otro, los directivos – fundadores, dotados de experiencia en los negocios, seguros de sus objetivos, con visión de futuro, expansionistas y sobre todo, con una alta dosis de humildad para reconocer lo que no saben y dejarse ayudar”.

 

Ojalá, algún día, en alguna sala de espera, la adolescente de 15 diga: “Me encantaría que me acompañes, má. No porque sos la más joven, sino porque cuando mis amigas van a casa sienten que las escuchas y respetás”.

 

 

Porota.

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