MiniBio

Nací donde el agua potable escaseaba y la sequedad sobraba. Donde el sol pocos días se esconde y la tierra abrasa la piel. Quitilipi, Chaco, a más de 1,100 kilómetros de la Capital Federal. Nombre aborigen de ese pueblo perdido entre los resisteros del viento norte, la quimera del oro blanco y los duros quebrachales, donde el ruido de los truenos lejanos y el olor de la tierra mojada, llegaba como un sueño a través de las ventanas de las casas.
Mi padre fue un andariego laburador, que arrancó su aventura en la provincia de la Pampa y terminó en el Chaco. Una forma de ser, prosapia andarina, que tal vez heredó de esos viejos inmigrantes alemanes del Volga, su familia. Llegue tarde a su entierro, lo velé con mis hermanos y con los recuerdos en una casa prestada en La Matanza. Gringo loco, como susurraba cariñosamente mi madre. Se habían conocido en Real Sayana, Santiago del Estero.
Los primeros años de mi vida los pasé en esa casa de la calle 25 de mayo y cuyo frente daba a las vías del ferrocarril Belgrano. Al atardecer, después de que pasaba el camión regador y aún flotaba el vaho de la tierra mojada, mi abuela, la empleada y yo nos sentábamos a tomar mate en la vereda esperando que pasara algún tren hacia la Capital Federal o hacia Resistencia. De esa época la imagen más nítida que me queda es la de los trenes, y la figura del indio Juan.
Desde 2012 estoy jubilado. Apacible como mi madre; andariego como mi padre -tal vez sea la herencia de los alemanes del Volga- o una virtud de mi signo, Géminis, que me dotó de curiosidad y de un corazón inquieto, enamoradizo de la inteligencia. Amo lo lúcido y la comunicación. Prefiero a las personas divertidas. Y ahora vivo, sin tiempos, en Buenos Aires.

 

 

 

 

 

Los días

Walter pronto cumplirá 80 años. Junto a su esposa, pertenece a una generación de profesionales, que económicamente se ubica en la clase media. Ambos son puntuales visitantes de museos y eventos culturales para adultos mayores.
Es un hombre muy interesante, sin embargo, la actual cuarentena me imposibilita encontrarme con él. Decididos a no permitir que semejante encierro evite un muy saludable contacto, acordamos comunicarnos mediante alguna plataforma de internet como swap.
– ¿Cómo andás Walter? –Le pregunto, la distancia es tangible, me cuestiono, él está del otro lado.
–Como perro en cancha e’ bocha–me contesta. Me lo imagino esbozando una sonrisa, realmente es él, su forma de hablar lo delata.
–….termino de dejar el balcón, con esto de la cuarentena, ese pequeño espacio es toda mi conexión con el mundo y me da ese muy necesitado poco de sol. En estas semanas de encierro, tardo un poco más en darme cuenta el día en el que estoy. –Los emojis que me envía sonríen, casi puedo visualizar su rostro en ellos…
–…Te digo que a pesar de tanta mala leche, me pone contento saber que este estado de despiste, en algunos pormenores de mi vida diaria no es producto de la memoria ni del “señor olvido”… Algunos especialistas médicos dicen que el encierro y el cambio de hábitos, de rutinas generan, no sólo en los viejos, situaciones de incertidumbre, como “estar en el limbo”… Bueno reconozco que algunas veces no encuentro el celular, hoy casi me pierdo la conversación con vos. Hay ocasiones en que me encuentro en la cocina sin saber para qué había ido”–Los emojis sonríen…
Ahora Walter me manda un audio –Ha llegado, con el pedido del Súper… ya está. – por su voz suena ronca, se ve que tomó frío. –Bueno, dejemos al virus y la cuarentena por ahora, y te cuento que en octubre y noviembre últimos, estuve barajando el valor del dólar para un posible viaje al exterior. Hasta esa fecha las noticias de una epidemia viral que llegaban a través de los medios no me importaban mucho. –total, el mundo es tan ancho y lejano.
–Ah, ¿Estabas cómo el personaje de Bertolt Brecht? –Mi curiosidad llega al techo.
–¿ Bertolt Brecht ?…¿por qué? –Responde Walter…
– ¿No te acordás del personaje que decía “…primero vinieron por los otros…y después…”?
–¡Sí, me acuerdo…! Ah, ¡ahora vienen por nosotros…!
–Más te digo, me hiciste acordar a la versión de la gran Cipe Lincovsky…
–En fin, Walter, te mando la página del Museo, ahí podés encontrar un montón de actividades para practicar desde tu casa con tu esposa.
Te mando un abrazo y seguimos en contacto. –Apago el teléfono y miro hacia el techo. Cuando la cuarentena termine, hemos de tener largas jornadas de mate.