En esta semana tan movilizante para algunos, recibí por WhatsApp un audio profundo y extenso que me llevó rotundamente a cambiar la temática prevista para hoy.

 

El audio me lo envió una persona miembro del CLUB DE LA POROTA que no tengo la fortuna de conocer personalmente, pero que me abrió el corazón de un modo sincero y amoroso. Me condujo a una reflexión sin pausas sobre la vida, la muerte y la sexualidad.

 

Y, amigos, nosotros sabemos mejor que nadie que nada es casualidad. Lo recibí en la misma semana en la que, junto a Cepram y Ricardo Iacub, nos reunimos para poner en el tapete un tema poco tratado en la vejez como lo son el EROTISMO Y LA SEXUALIDAD. Y por si eso fuera poco, me lo envían un día después de que el Senado tratará la ley de la Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE).

 

Por respeto a la intimidad de esa voz y en homenaje a la mamá de un amigo voy a llamarla ROSA.

 

Rosa fue mamá adolescente y le costó mucho sobrellevar el embarazo en soledad. Por entonces, su papá había migrado a la ciudad por trabajo y ella había quedado bajo la tutela de una tía. Rosa era pupila en una escuela; se había enamorado del hijo del dueño de la despensa del pueblo quien, a poco de quedar embarazada, desapareció sin dejar rastro.

 

Al principio no entendía qué le pasaba a su cuerpo. Fue la Directora la que la obligó a ser revisada en la enfermería. Entre maltrato, gritos y humillaciones, confesó haber intimado con un amigo. Lo hizo como si fuera un delito. A la semana la expulsaron de la escuela y fue confinada a vivir con esa tía quien la limitó cual Cenicienta a trabajos forzosos con el objetivo de ocasionarle un aborto espontáneo (tras haberse negado a uno clandestino).

 

Rosa atravesó el embarazo estoicamente y a las 40 semanas exactas nació un rozagante niño al que llamó Ulises. Con tan solo 16 años y un bebé, logró emanciparse de esa tía hosca y violenta. Comenzó a trabajar en la casa de una familia acomodada que le permitió vivir y criar a Ulises a su lado. Con mucho esfuerzo y tesón, Rosa terminó el secundario y se recibió de maestra normal con muy buenas calificaciones. A sus 21 años se convirtió en la maestra de ese pueblo que la había visto nacer y transitar una vida con muchos obstáculos. Hoy es una comprometida mujer de 68 años que se ha convertido en referente de sus vecinos. Junto al trabajo colaborativo con las autoridades de la zona, Rosa ayudó a construir un hospital ensamblando el proyecto de la escuela primaria y secundaria al del hospital con el objetivo de trabajar intensamente en campañas de educación sexual.

 

Sin embargo, lo que quiero compartirles son algunos de los fragmentos de ese audio que ella me autorizó a transcribir y dice así:

 

“Después de mi embarazo comencé a tenerle miedo a la potencia de mi cuerpo, al punto que llegué a desconectarme de él. Había tomado la decisión de no sentirlo. Hasta bien pasados los 50 no tuve deseos de autocomplacerme. Mucho menos de vivenciar un orgasmo. La mirada punitiva de mi educación y de quienes me educaron, así como las humillaciones por las que había pasado, hicieron mella. A veces intentaba recordar el día en el que concebí a Ulises, pero casi que no quedaban restos. Por suerte, con mucho trabajo de autoconocimiento, a mis 55 pude enamorarme y sentir por primera vez el placer de estar con otra persona”.

 

Cuando terminó el audio sentí que en su relato había algo que todavía no me estaba contando y por supuesto se lo pregunte: “¿Y tu mamá, Rosa, a dónde estuvo cuando te pasó todo lo que me contás?”.

 

Su respuesta no me sorprendió: “Mi mamá… Mi mamá me tuvo a los 14, sola, igual que yo. Intuyo que la pasó aún peor. Yo tenía cinco años cuando la encontré desangrada en el fondo del basural con un palo entre sus piernas. Después de eso no hubo más nada: ni mamá, ni explicaciones, ni mirada, ni abrazos, ni caricias, ni palabras de amor.

(…) Cuando quedé embarazada de Ulises, mi tía intentó llevarme con una señora del campo para que abortara. Y yo lo único que hice fue salir corriendo. Corrí sin parar, corrí llorando intensamente. Pero al mismo tiempo me sentí aliviada. Creer o reventar, Porota, en medio de ese paso incesante, mi mamá se me apareció sonriendo, me abrazó, me ayudó a correr y a salvar a mi hijo. Desde ese momento comencé a escribir otra historia. He visto muchas mujeres como mí mamá. La pobreza, la clandestinidad, el miedo, la violencia y la ignorancia siguen perdiendo vidas. Y así seguirá siendo, lamentablemente. Gracias por este espacio Porota. Jamás se lo había contado a nadie así de este modo. Pero hoy (por ayer), con un dejo de tristeza, sentí que mi historia debía ser conocida no sólo por lo que a mí me sucedió sino también porque todavía hoy veo niñas morir como mi mamá, solas, en un descampado, por miedo a pedir una ayuda que no hay ni habrá por mucho tiempo más”.

 

Gracias Rosa por tus palabras, por tu valentía y por animarte a compartir tus vivencias. Tu valía y capacidad de resiliencia me dan esperanza.

Porota
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