Pedro es riocuartense y asistió a los talleres del Espacio Illia de esa ciudad y a los que brinda el programa PEAM en la Universidad Nacional de Río Cuarto. Incentivado por su entonces tallerista, él nos envía su voz mayor para reflexionar sobre los términos que usamos para hablar de vejez, en general, y para reconocer su propia experiencia de vida. En su fundamentación asegura que este texto surgió por el taller de Filosofía ya que había “una negación” frente a la utilización de la palabra vejez.

 

La vida, una obra de arte

 

Creo que todos, o casi todos, los integrantes de este taller (N.deE.: refiere al taller de filosofía del Espacio Illia de Río Cuarto – Córdoba)  llegamos en búsqueda de terminar de plasmar nuestra propia obra de arte que es la vida, a través de la más antigua disciplina artística que es el arte de envejecer.

Aquí debemos hacer una reflexión sobre la vejez, el envejecimiento y ser viejo. “Viejo” no es una mala palabra, ni está prohibido, y si la aceptamos como tal, al margen de los eufemismos que se utilicen, podremos tener un envejecimiento digno y positivo, permitiéndonos seguir insertados e incluidos dentro del contexto social. Lo contrario sería negar los años y huir de nuestra propia realidad.

 

Nos llamen como nos llamen, somos nosotros quienes debemos saber quiénes somos, sin que ninguna carátula nos haga sentir discriminados.

 

Para terminar nuestra obra de arte, debemos afianzar nuestra identidad a través de los cambios que experimentamos a lo largo de la vida, tanto en nuestro interior como en el exterior, asumiendo las pérdidas, integrándolas a nuestra personalidad, con lo cual preservaremos nuestra autonomía y pertenencia social.

 

Indudablemente, que para completar nuestra obra de arte, tendremos que ir quitando las rebarbas de la escultura para que conserve la armonía de sus formas. “El secreto” es que debemos vivir esta etapa sin separarla de nuestro conjunto de vida, que viene a ser el punto culminante. 

 

La Vejez, si se me permite, es un poco como la cima de una montaña que sólo tiene valor de cima en relación al conjunto de la montaña. Así como la ascensión al monte incluye una última etapa: la subida a la cumbre, así también la vida no cesa de ser una subida al tiempo de la vejez.

Para concluir la idea, quiero citar a Foucault, quien pone como premisa para “el cuidado de sí”, el conocerse a uno mismo. Este cuidado de uno mismo nos remite al Templo de Apolo, en Delfos, en cuya entrada había una inscripción que decía: “conócete a ti mismo”. Es decir, antes de plantear cualquier consulta a los dioses, el viajero era obligado a conocer su propia esencia. He aquí el desafío para concluir nuestra obra de arte.