La vida es una secuencia ilimitada de riesgos

María del Carmen Peme es una amiga que me regaló la vejez, sin embargo siento que la conozco hace mucho tiempo, de otras épocas. Sus palabras llegaron cuan regalo sorpresa. Y cuan repaso por las voces que ya sonaron por este espacio se sumaron las suyas a las miles que en estos tiempos hemos elegido compartir, visibilizar y valorar. He aquí un manifiesto de la vida. Gracias amiga, gracias Carmen. 

Porota. 

 

 

Cuando hace unos días leí y escuché la presentación de Porota y las palabras de María José Bustos sobre el aislamiento, la reflexión me llevó por distintos caminos. 

El primero (como “persona de riesgo”) fue analizar y resignificar mis riesgos en los 79 años de vida. O sea, y como lo define el diccionario, analizar las situaciones en que tuve la posibilidad de sufrir un daño o de estar en peligro en ese trayecto. El número es muy grande ya que esta vida es, en sí, un conjunto ilimitado de riesgos.

Muchos de ellos (naturales o no) dependen del contexto; otros, sólo de nuestra libertad de tomar decisiones entre las  alternativas que nos presenta esta vida a la que tanto amo.

El riesgo inicial fue el primer llanto con que enfrenté esa vida. El nacer es el primer escalón con que emprendemos el camino de nuestra libertad, condicionada y sujeta a permanentes riesgos a lo largo de las distintas décadas. 

Durante toda mi infancia y juventud la vida me puso obstáculos y me planteó eventuales caminos riesgosos por los que elegir y lo hice concientemente, muchas veces con el miedo a la libertad que se siente al poder hacerlo.  

Siempre quise formar una familia y la opción de casarme con quien amaba fue una decisión personal e incierta. La de volver a quedarme sola, por diferentes  motivos y después de 29 años, constituyó una nueva elección riesgosa.

El tener 3 hijos y acompañarlos a crecer y a madurar fue otro riesgo asumido con plena responsabilidad y profunda alegría que me llenó cada momento de felicidad. Pero el perder a uno de ellos a los 44 años fue el mayor daño que me causó la vida al tener que enfrentar ese nuevo y doloroso futuro que yo no había elegido. 

El tener 6 nietos fue una decisión de mis hijos que han endulzado mi vida. 

El optar por quién votar fue todas las veces una elección riesgosa que siempre fundamenté en la justicia. Pero yo no aposté a la incertidumbre y al miedo  de cómo ir a buscar a mis hijos a la escuela en la década del 70, ni vivir el dolor de 3 períodos no democráticos en distintas edades de mi vida. El peor iniciado  cuando acababa de cumplir apenas 35 años y en el cual la incertidumbre se sumergía en la angustia. 

Profesionalmente corrí el riesgo de elegir Carreras, de escoger  trabajos y de trascurrir felizmente por ellos, enfrentando, muchas veces, situaciones universitarias y personales muy difíciles. Y tratando, a cada momento, de equilibrar riesgosamente familia y trabajo. Ello lo aprendí de mi querido Dr. Maiztegui (mi segundo papá, como le decía) con quien trabajé desde antes de recibirme y hasta que él se jubiló.  

A los 60 años pude elegir y emprender una nueva ruta –también riesgosa- para cumplir una deuda que tenía conmigo misma: comencé un doctorado en España. Y a los 65 viajé (con uno de mis hijos) para leer mi tesis (justo a la edad en que hoy me llaman “persona de riesgo”). Por eso quiero decirle a Alejandra Torres (a quien escuché también hace unos días en este encuentro que es el Club de la Porota): “La ilusión que te alumbra en esta etapa de la vida se convertirá en realidad si le pones las pilas que le pusiste a proyectos anteriores”. 

Y con mi ansiado nuevo título  bajo el brazo, la sociedad 3 años después (a los 68) me impuso otro diploma, el de “jubilada”, por el que no opté. Y ello basado en el prejuicio de que para todo existen edades topes. 

Entonces hoy me pregunto, como lo hizoMaría José, “¿A esta altura me vienen a hablar de riesgos? “ 

Sus  palabras me condujeron, en segundo lugar, a reflexionar sobre el tema del aislamiento social.  

Todos los países (sin distinguir razas, religiones, clases y edades) nos vemos inmersos en una pandemia que no elegimos y para la cual el distanciamiento social es la primera prevención que tenemos el deber de cumplir con responsabilidad, por nosotros, por quienes nos rodean y por todos aquellos que se están jugando su propia vida por cuidarnos.   

Pero este distanciamiento no es el mismo para todos: Algunos están en sus casas (con mayores o menores dificultades económicas) y, otros, conminados a una vida con necesidades básicas no satisfechas y viviendo en un hacinamiento cuyos riesgos no eligieron. Unos están en su burbuja (como se dice ahora)  acompañados por seres queridos y, otros, teniéndose a sí mismos como única compañía. 

Creo que es natural que nuestro cuerpo tenga, con la edad, algunas limitaciones.  En ese sentido, yo me considero, concientemente, una “persona de riesgo” ya que, además de otros problemas físicos, tengo cuatro neumonías en mi haber y pasé por momentos en que me parecía vislumbrar  la muerte. Por ello optaré voluntariamente por un período de aislamiento quizás mayor que el de otras personas de mi edad. 

Pero y en contraposición con ello, la vida me ha regalado una mente sana y un psiquismo sin depresiones. Por ello sigo -en este aislamiento y en el tiempo que el mismo dure-  optando por leer, por aprender, por estudiar y por dirigir a dos tesistas que asumen el riesgo de que yo lo haga. 

Y en esta soledad, que me ha impuesto el COVID -19 y que a veces me asfixia, me conecto conmigo misma, con mis reflexiones, con los recuerdos y con las emociones de este hermoso trayecto de la vida. 

Redescubro labores y sensaciones visuales, olfativas, auditivas, táctiles, gustativas (como las que tan bien describió Graciela Maiztegui hace unos días) y que la velocidad del tiempo me hizo descuidar. Revaloro relaciones que, por esa misma velocidad, parecían olvidadas. Estimo, en el silencio, la valía de los segundos y los minutos transcurridos y vivo la incertidumbre de los que me quedan  por recorrer. 

Sigo amando profundamente la vida, a mi familia y a mis amigos y me comunico con ellos a través de la tecnología.  

Tengo momentos de bajones, ¿quién no? 

Siento profundamente la ausencia de otras sensaciones táctiles: las del abrazo, la del beso con mis hijos, con mis nietos, con mi familia y con mis amigos. Extraño el sabor de los mates y cafés compartidos, el sonido de las largas charlas (con sus  encuentros y también sus  desencuentro), el perfume de los nietos, la visión de la mesa con la familia reunida…  

La ventaja de este aislamiento en soledad es que no puedo pelear con nadie, ni siquiera con el espejo, porque dicen que si se rompe trae mala suerte. 

Todos sufrimos esta pandemia. Pero la forma en que cada uno la vive es tan distinta como lo son las impresiones digitales. Son igualmente diferentes las expectativas que se tienen respecto a la lenta salida de esta cuarentena y a la forma de ir rompiendo el aislamiento.  

Por ello considero que, al igual que los otros grupos etarios, cada uno de nosotros (los  más viejos) se arriesgará, en su momento, a elegir responsablemente las actividades  que sabe que puede llevar a cabo (dentro de las normas generales admitidas y en el marco de la realidad en que viva). Y tiene el firme derecho de hacerlo.

No es justo que, por la edad, quienes superamos los 65 años (tiempo arbitrariamente fijado) pertenezcamos (como señala Porota) al grupo de “los últimos en acceder al listado de actividades liberadas”. 

Carmen Peme