Nací el 8 de enero de 1951. El mismo día que «El Rey», Elvis Presley. Mi padre y mi tío Norman se ocuparon -durante toda mi niñez y adolescencia- de recordármelo. Llegué a odiar los festejos de mis cumpleaños como consecuencia de ese fanatismo enfermizo que terminaba por arruinar la reunión con una banda improvisada de rock y, ¡lo peor! ambos engominados y vestidos con jeans tiro oxford y chaquetas de cuero blanco.

 

Confieso que hoy evoco con nostalgia esas celebraciones en las que mi papá aún conservaba esa mirada luminosa y soñadora que lo impulsaba a sentirse una estrella de rock. Los años pasaron y esa mirada se fue apagando hasta abandonar al fondo del depósito a «Tersi», su guitarra, una réplica de la Telecaster que usaba su ídolo.

 

LA VIDA ES UNA RUEDA… mirá cómo son las cosas… Mi papá brilló siguiendo un género musical que tiene sus orígenes en el blues negro y luego se transformó en un racista impiadoso. Recuerdo las charlas de domingo en las que mi tío y él se trenzaban en intensas discusiones. Mi tío era un pacifista «pura cepa», estaba a favor de Nelson Mandela y no se cansaba de repetir las frases que popularizaron los discursos de Martin Luther King. En tanto, mi padre abogaba por el «apartheid» en Sudáfrica y las políticas racistas en los Estados Unidos.

 

LA VIDA ES UNA RUEDA… Fui criada por una madre conservadora y católica, pendiente del «qué dirán», que renegaba de los gustos musicales de su esposo y ocultaba los propios tarareando canciones de misa. Crecí con un libro en la cabeza, los hombros erguidos y corsé (cual corpiño) para que mis incipientes pechos no se vieran. Debajo del colchón vivían ocultas las novelas de Corín Tellado y los Long Play de Los Beatles. Al igual que mi padre, un buen día, abandoné mi luz en algún lugar oculto de mi misma, me casé, tuve hijos y los crié como mi madre lo hizo conmigo. Todo ese fuego, toda esa intensidad, todo ese deseo, toda esa rebeldía característica del rock, que nos pertenecía, que era nuestra y que no sólo marcó una época sino también que identificó a toda una generación, fue ignorada por mí durante muchos años.

 

LA VIDA ES UNA RUEDA… Hoy, en esta nueva mujer que siento que soy, en esta nueva persona que se está reconstruyendo, quiero abrir esos cajones corroídos por el tiempo. Redescubrirme en esa intensidad postergada y vivir el presente desde esa pasión que no tiene edad, que desafía al tiempo y llega para quedarse.

 

LA VIDA ES UNA RUEDA… Le dije a mi nieta Sofía que vayamos juntas al Cosquín Rock del próximo año.

 

Porota

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