¡Qué común que es asociar la soledad con vejez! como si envejecer fuese sinónimo de soledad. Entonces, repetimos hasta el cansancio «¡pobres viejos que solos están!» La frase casi automática resonó en mí por muchos años hasta que el espejo me mostró que soy vieja y que no estoy sola. Y no sólo yo, sino casi todas las personas mayores que me rodean. Entonces… ¿porqué reproducimos una mirada tan simplista de la soledad? Quizá tenga que ver con el relato vigente sobre la vejez, ese relato que, peyorativamente, mira al envejecimiento como una etapa de deterioro y pérdidas.

 

Si bien mis cumpleaños ya no son lo multitudinario que solían ser a mis 20, 30 o 40 años lo cierto es, que se han transformado en celebraciones mucho más genuinas y divertidas que antes. Pues ahora elijo con quien brindar por el paso del tiempo sin compromisos. Es cierto, hay muchas personas solas… pero que haya personas viviendo solas no significa que por eso se sientan aisladas o sin compañía. ¡Qué desafío tolerarse a uno mismo sin la presencia de otros como mediadores! Y qué desafío también, no sentirnos solos. El desafío es personal y en la mayoría de los casos una conquista sin edad.

 

Tras enviudar y dar cuenta que mis hijos habían volado, tuve dos opciones: morir de tristeza y sumirme en una profunda depresión o, aprovechar la oportunidad para resinificar mi vida. Por fortuna, elegí la segunda y aquí estoy orgullosa de todos los desafíos que afronté: me mudé sola y le imprimí un sello personal al nuevo hogar; me inscribí a diferentes talleres y me animé como nunca a tocarle el timbre a mis vecinos para regalarles una de mis especialidades: pasta frola de dulce de leche. Pude acercarme a mis hijos desde un lugar más maduro y generoso así como nutrir a mis nietos con momentos de encuentros genuinos repletos de juego, mirada, tiempo y aprecio. Gesté mi proyecto de comunicación e inauguré el Club de la Porota, un espacio de encuentro con otras personas envejecientes que lejos de defenestrar el paso del tiempo, han elegido abrazar la edad.

 

Que nos sintamos solos o solas nada tiene que ver con la vejez. Quizá sí con esos caminos que hemos ido eligiendo y que, a la larga o a la corta, nos terminaron mostrando cuán aislados estamos. Puede ser que la vejez sea la etapa en la que la soledad queda al desnudo. Sin embargo, me animo a asegurar que esa soledad pre existente se fue tapando con el trabajo, los hijos, la pareja, etc. y que ahora… con el vacío que deja la jubilación, la ida de los hijos de la casa y/o la viudez queda en absoluta evidencia.

 

Percibo a la vejez como la etapa de mayor fertilidad en la vida de una persona. Como esa etapa en la que la vida nos regala nuevamente una hoja en blanco sobre la cual re escribir nuestro mundo.

 

«No sabemos si estamos destinados a ser un río caudaloso, o si hemos de parecernos a la gota de rocío que envía Dios en el desierto a la planta desconocida. Pero más brillante o más humilde nuestra vocación es cierta: No estamos destinados a salvarnos solos» (Beato Manuel Domingo y Sol)

 

 

Porota

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