Fue muy difícil inspirarme para la columna de hoy. Últimamente estoy tan conmocionada, movilizada, energizada (y muchos «adas» más je!) que escribir me cuesta ¡Son tantas las historias compartidas hasta el momento! Son y han sido tantos los acontecimientos que fueron sucediéndose que no he tenido tiempo de incorporarlos, valorarlos, contemplarlos… El wasap, el celular, la computadora no ayudan en lo más mínimo, todo lo contrario, potencian mis urgencias, aceleran el corazón y no habilitan mi descanso. Fue por eso que, en un momento de crisis sentí la necesidad de conectar con algo absolutamente nutritivo, genuino y despojado de cualquier banalidad. Tenía que volver a amasar la tierra, a abrazar el juego, la fantasía, el no tiempo. Llegada a esta conclusión, me sentí contenta de haber logrado atenuar mis niveles de preocupación pudiendo luego, liberar mi mente y gestar un encuentro entre Santi, mi nieto de seis años, y yo. Juntos, sentados en el cafecito de la esquina imaginamos todo lo que haríamos el fin de semana en el campo.

«¡Quiero salir a explorar abuela, juntar ramas, construir una choza y llenar un frasco grande de bichos bolitas!».
«¡También quiero que todos los días tomemos helado»!
«Voy a llevar mis cuentos preferidos y te voy a leer los de letra grande»
«Acordate abuela, no celular, no cartera, no tele y no compu. ¡Tenemos que jugar tooooodoooo el día!»
«¿Podremos pegar las figuritas en el álbum? Mi papá me compró muchas pero no tiene tiempo de pegarlas conmigo. Y mamá está con esa beba llorona todo el día»

La salida estaba completa. Noté que a ambos nos había venido «como anillo al dedo». Santi también necesitaba respirar un poco de aire fresco y sobre todo contar con alguien querido que le dedicara preciosos momentos de absoluta exclusividad. ¡Qué mejor que ser yo quien se los ofrezca! al final de cuentas, el círculo de ayuda estaba bien claro: de uno y otro modo, mi hija y su beba, mi yerno, Santi y yo nos estábamos entrelazando en una mágica red de colaboración y retroalimentación.

El fin de semana con Santi fue maravilloso. Regresé con la sensación de que el tiempo, por un instante, se había detenido. No hubo celulares, relojes, computadoras, televisores, horarios, timbres y actividades que interrumpieran nuestro estado de bienestar. ¡Un día nos sumergimos en la espesura del bosquecito aledaño. De tanto jugar almorzamos a las cinco de la tarde! Esa noche cenamos en la cama mientras Santi me ganaba al Veo- Veo y al «cuando yo digo blanco, vos decís negro y cuando yo digo negro, vos decís blanco».

Dos días después de haber regresado me llamó mi hija para agradecer y contarme que Santi estuvo mucho mejor y que la demanda de «mamá» había disminuido un poco. ¡Sabía que la ayuda había sido transversal! Tod@s habíamos recuperado algo del sentido de solidaridad comunitaria. Criar niñ@s pequeños no es sencillo, y menos cuando las mujeres lo hacemos en la más absoluta soledad. La red, la manada, son necesarias para que l@s niñ@s obtengan lo que necesitan: amor genuino. Si nos diésemos cuenta de que la clave para la construcción de una sociedad más amorosa es tratar a l@s niñ@s como lo que son: grandes tesoros, no llegaríamos a viej@s intentando descifrar qué hemos venido a hacer a esta vida.

Cuando hay red, hay paz. Cuando hay paz, hay cuidado. Cuando hay cuidado, hay amor. Y así…

Porota Vida
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