Por fin decidí limpiar el guarda muebles en el que albergaba un montón de cosas que guardé sin pensar tras la mudanza. Tuve un fin de semana intenso. No sólo por la cantidad de cosas que tiré sino también por el sinfín de recuerdos que removí. Pasó mucha agua bajo el puente y en 65 años ¡pucha que acumulé vida! Para mí fue ayer cuando me vestí de blanco para casarme con Pompeyo. Hoy yace amarillo ese vestido de la abuela, plagado de encaje y muselina de seda al que abrazo hasta el cansancio.

 

Mi esposo Pompeyo (que en paz descanse) fue un amante de la fotografía e hizo de ese amor un culto a su familia. Cientos de álbumes yacían húmedos en una caja de cartón deteriorado. Entre tantas imágenes descubrí la foto de la familia unida alrededor de la mesa dominical. Me quedé petrificada. Analicé cada detalle sin detenerme: el mantel, las copas y los vasos, la ensaladera de porcelana inglesa que heredé de mi mamá, la comida que fue mi refugio durante muchos, muchos años. Mis hijos, su vestimenta y esa mirada perdida con la sonrisa forzada con la que posaban cada vez que Pompeyo gritaba «whisky».

 

¡Cómo pasa el tiempo! ¡la Pucha! terminé el día nostalgiosa hasta la médula. Por suerte, pude conectar con mis emociones y comprender que regresar a casa a sumirme aún más en mi tristeza no me haría bien así que, llamé a Raquel y la invité a cenar. Fue una acertada decisión. Compartimos una sencilla comida en el restaurante de la vuelta de su casa. Esos medio nuevos, pequeños, con una carta bien acotada pero de ambiente cálido y música suave. Le conté lo que había estado haciendo durante todo el día…. todo lo que moví y lo que removí. Para Raquel fue como hacer un repaso de su propia historia y en cuanto nos dimos cuenta, un par de lágrimas se habían colado en la conversación.

 

«¿Para qué vivir tanto?», «¡Cómo nos pesan los recuerdos!», me dijo Raquel cuan sentencia. «Ya está bien… ¿no te parece Porota?», me preguntó.

La verdad, no sé si ya está. Aún siento que tengo muchos deseos de vivir. Y que los «peros» y los recuerdos no son tan fuertes, potentes, e indestructibles como para pensar que ya está. Quizá no sepa que haré mañana, pero no me aterra. Ahora, con algunos días de distancia, agradezco a mi nostalgia, a esas fotos olvidadas y a esos momentos inolvidables por haberme regalado todo lo que soy. Con mis defectos, con mis virtudes, con mis errores y un pasado que ya no volverá… abrazo cada día como si fuese el último. ¿Y esa foto? en esa foto también estoy yo de pie junto a la mesa con el delantal de jean que bordé a mano hace exactamente 30 años. De pelo completamente negro y con unos cuantos kilos de menos. En esa foto estoy yo, la que perdura en esta historia, la que ama desenfrenadamente a cada uno de los que posan, la que arde de pasión por la vida y la que conecta con una nostalgia potente que me impulsa a seguir albergando recuerdos tan inolvidables y hermosos como ese almuerzo dominical en mi familia que ya no volverá.

 

Porota.

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