El voluntariado en la vejez

Si te digo las palabras «viejo» o «vieja» seguro, ¡seguro! que algún ruido o disgusto te provocan. Y no estoy hablando del sentido que le atribuyen nuestros hijos o hijas cuando nos llaman de ese modo, sino del sentido que socialmente le damos a dichas palabras.

 

Lo mismo sucede si te interpelase con los términos “vejez” y “envejecimiento”. En algún punto opinarías sin involucrarte porque mirarte en el espejo de la vejez no es sencillo. Lo que te pasa no es aleatorio, es más bien la consecuencia de vivir en una cultura que mira a las personas en función de su utilidad y productividad. ¡Pues claro! nadie quiere identificarse con una etapa del curso de la vida que asociamos automáticamente con pérdidas, deterioro y fragilidad.

Este preludio tiene como objetivo poner en valor un rasgo frecuente en muchas personas viejas: el deseo de participar voluntariamente de actividades y prácticas sociales.

– «Quiero ocupar mi tiempo en alguna buena acción» (Norma de 65)

– «No busco dinero. Sólo la posibilidad de sentir que puedo seguir aprendiendo y ofreciendo lo que mejor se hacer» (Isabel de 64)

– «Siempre quise ayudar en una organización barrial. Hoy que ya no tengo más obligaciones domésticas me doy el gusto de pasarme todo el día en el Centro de Jubilados planificando y organizando su crecimiento» (Estela de 73)

– «Desde que trabajo en la fundación como voluntario, el tiempo se me pasa ¡volando!» (Horacio de 78)

– «Ayudo a jóvenes del secundario a estudiar matemáticas, química y física. Nos reunimos dos días a la semana. Estudiamos mucho y luego nos quedamos charlando y compartiendo algo para tomar» (Ricardo de 76)

– «Participo en la construcción de un espacio político en el que diseñamos estrategias para reinsertar a las personas mayores en la vida cívica» (Teresa de 80)

Es que, en muchos de los viejos y viejas del siglo XXI, habita un intenso deseo de contribuir positivamente a la mejora del entorno comunitario en el que vivimos.
Transmitir un legado requiere de condiciones de madurez psicológica, crecimiento personal, pero sobre todo de la capacidad para aprender nuevas habilidades, ampliar la red de vínculos y amistades, así como de impulsar un nuevo propósito en la vida.

Si bien aún resta camino por recorrer, muchos derechos por asumir y un impiadoso viejismo por reparar también es cierto que debemos hacer visible lo invisible. Comunicar lo que sí sucede, lo que sí es parte de la cotidianeidad de muchos viejos y viejas que sueñan, proyectan, impulsan, participan, construyen, mueven, habilitan, escuchan, lideran, hacen, deshacen… con el propósito de legar aquello que mejor les sale. Aquello que vinieron a ofrecer y que finalmente pudieron identificar y transmitir.

Quizá parezca que somos pocos. Te invito a detenerte, a mirarnos. A que identifiques a las personas canosas, de paso lento, de arrugas profundas, de entrega apasionada. Quizá debas ampliar tu espectro y abrirlo a nuevos descubrimientos. Dejate sorprender.

Estamos aquí, aunque no nos veas. Estamos aquí, aunque no te veas. Somos los viejos y viejas del presente interpelando a los que aspiran a envejecer.

 

Porota Vida

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