Educar en libertad para envejecer libres

Tras la columna del viernes pasado titulada “La autonomía es un derecho de la vejez” surgieron muchos comentarios en las redes sobre el caso de la pérdida de autonomía de Bernardo. Casi como una conspiración me comenzaron a llover relatos de hechos similares no sólo en Argentina, sino también en el mundo. Fue así como me topé con el cortometraje documental (nominado al Oscar 2018) Edith+Eddie. Una historia real sobre “el matrimonio interracial más longevo de la historia de los Estados Unidos”, según El País de España. “Eres mala. Los diablos duermen debajo de tu cama. Te acordarás de esto hasta que mueras”, le dijo Eddie a la hija de Edith el día en que se la llevó, en contra de su voluntad, por miedo a perder la herencia. El objetivo de la columna de hoy nada tiene que ver con hacer un comentario sobre el corto. Véanlo por YouTube, se los recomiendo.

 

El propósito de mi mano alzada es reflexionar sobre nuestros modos de vincularnos con los demás. Sobre todo con las generaciones que nos preceden. Supongo, que para educar en libertad y no perder nuestra autonomía a medida que vamos envejeciendo, hemos de aprender a soltar, a no aferrarnos a las cosas sino a los momentos, a los instantes, a esos microsegundos en donde aflora lo más genuino de uno mismo.

 

¿Qué lleva a una hija a despojar a su madre de 95 de la compañía de su segundo esposo de 96 por miedo a quedarse sin la herencia?, ¿de dónde nos brota el derecho de creer que podemos someter a los demás a nuestros deseos y/o acciones sólo por su condición etaria?, ¿qué tipo de relación gestamos con nuestros seres queridos al punto de llegar a no hablarnos?, ¿de qué modo aprendimos a amar?, ¿de qué forma estamos amando?, ¿qué subyace debajo de la pelea por una herencia, por objetos que no nos llevaremos al morir?, ¿qué reside en la oscuridad de los golpes, de las palabras que hieren, que discriminan, que sesgan?

 

Aprendemos a cuidar del modo en que hemos sido cuidados. Nos iniciamos en ese aprendizaje desde el momento en el que nos asomamos al mundo. Lo incorporamos de la mano de quienes nos rodearon en los primeros años de vida. Por eso… la educación en libertad, en el respeto por la diversidad, por la unicidad, por el valor de la vida por sobre todas las cosas es fundamental.

 

¡Evidentemente en algo hemos fallado! Las personas mayores de hoy somos quienes obligamos a los estados miembros de la OEA a sentarse a redactar una Convención para la protección de los derechos humanos de las personas mayores; convención que hoy defiende los derechos que alguna vez hemos violado.

 

¡Piensen adultos y adultas que no tienen comprada la inmortalidad! ¿De qué modo enseñaron a cuidar?, ¿de qué forma les gustaría ser cuidados hoy?, ¿sabemos pedir ayuda sin sentir que perdemos libertad?, y cuando la ofrecemos ¿estamos siempre esperando algo a cambio?

 

Para desprejuiciar una cultura de la mirada sesgada y “viejista”, primero debemos trabajar con las nociones de vejez que nos habitan y que, inconscientemente, reproducimos. Para desmitificar el envejecimiento en una cultura que venera e idealiza la juventud, primero hemos de preguntarnos qué imagen de ser humano estamos proyectando con nuestras acciones, omisiones, deseos, palabras, miradas. En definitiva, en el hacer diario. Si no caminamos hacia esos interrogantes difícilmente logremos envejecer libres.

 

Porota

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