Terminamos de ver la película y un extraño silencio se adueñó del salón. Raquel salió a tomar aire al patio. Marta estiró sus pies y tomó una revista al azar. Raúl se fue rápido al baño y yo me quedé sentada, mirando la televisión y los títulos del final. Mientras… la profe ordenaba en círculo los almohadones y colchonetas. Evidentemente «El exótico hotel Marigold» -una película
inglesa protagonizada por viejos y viejas – nos había interpelado. El resto del encuentro versó en comentar qué nos había parecido la película y con cuál historia nos habíamos identificado. En mi caso, me hallé en el rol que interpreta Judi Dench, quien hace de Evelyn, una mujer que decide reincorporarse al mercado laboral y abordar la vida desde un modo optimista y reparador. Al terminar la atípica clase, la mayoría nos fuimos al bar a tomar un café. De lo bien que estábamos se acerca
un amigo de Raúl y le comenta algo al oído que lo dejó mudo. Cuando volvió en sí empezó a refunfuñar por lo bajo. Sus ojos destilaban bronca, enojo, furia… Cuando le preguntamos qué le pasaba nos comentó que sus compañeros de ping pong lo habían «traicionado»al haberle designado como pareja al «maricón» de Toribio. Toribio es un hombre alto, canoso, de ojos claros y boca bien roja. Su mirada es triste pero su sonrisa es permanente y amable. Tras el comentario de Raúl, decidí pagar el café e irme. A esta altura de mi vida economizo palabras y trato de no enredarme en discusiones absurdas con personas que no están dispuestas a escuchar. Ay! si supieran quién es Toribio. Ay! si entendieran la esencia del amor, seguro, no tratarían de ese modo a las personas que
piensan, actúan y viven la vida de un modo distinto al de la mayoría. Toribio tiene 67 años. Esta divorciado y tiene dos hijos varones a los que no ve desde que les confesó su homosexualidad. La distancia con su familia le duele mucho, sin embargo, está seguro que la sabiduría del paso del tiempo sanará las heridas. Mientras, vive desde hace más de un año con Leandro, su amigo de la infancia.
«Valoro el camino recorrido, la experiencia que me dieron estos años. ¡Qué bueno no sentir el desasosiego permanente que produce el correr buscando que todos me quieran! ¡Qué bueno es respetarme, escucharme! Qué suerte haber finalmente comprendido que la magia, la felicidad, y el poder están dentro de mí», posteó en facebook el día que no pudo jugar en el torneo de pin pon porque no tenía pareja. Tras semejantes palabras me pregunto: ¿es muy difícil lograr modos de convivencia dentro del respeto mutuo y la colaboración, si vivimos inmersos en sistemas de competencia, exclusión y dominación? Para ello tendríamos que APRENDER A CONVERSAR SIN DEFENDER VERDADES ABSOLUTAS. ¿Eso es posible?, ¿Y si hacemos la prueba?