“¿Cuántas veces hemos convertido nuestra vida en un trámite?”

Mi querida profe de Yoga tenía escrita esa pregunta en la pizarra del salón. La clase comenzó como todos los días, con el momento de la meditación. Fue inevitable no pensar en ese interrogante que irrumpió sin permiso ¿Cuántas veces hice cosas sin haber conectado siquiera con un pequeño momento de aprendizaje?, ¿cuántas veces actué rutinariamente sin preguntarme por qué? ¡Muchas! …casi toda mi etapa como mamá con niños pequeños. A veces siento que no era yo esa mujer tan apagada, desvitalizada y llena de miedos. Me miro y no me reconozco. Me miro y me enojo. Me miro y me entristezco. Me miro y pienso en mis hij@s y en la madre que tuvieron que sostener.

Ahora, ya abuela, viuda y sola, imagino que esa no fui yo.

“Este es mi momento, ya le dediqué mi vida a mis hij@s, a mi esposo, ahora es mi tiempo”, reza la típica frase que solía expresar y que muchas de sesentonas que aún no han podido abrazar el pasado aún esbozan.

¿Acaso esas mujeres que “hicimos todo por nuestros seres queridos” no éramos nosotras?, ¿acaso alguien nos obligó a asumir roles, funciones y tareas que no encajaban con nuestros deseos?, ¿en qué momento delegamos experiencias tan hermosas y vitales como la maternidad y el amor de pareja a la rutina?, ¿cuál era nuestro tiempo sino ese?

Y así… transcurrimos la vida. Apagadas por mandatos, sometidas a nuestros propios miedos y responsabilizando a los demás de la desdicha perenne.

Por suerte, en algún momento, algunas de estas mujeres rutinizadas decidimos apropiarnos de nuestro tiempo. De comenzar a conectar con nuestros deseos y hacer aquello que nos genere alegría. No se trata de grandes o pequeñas alegrías, se trata de entender que somos dueñ@s de cada instante de nuestra vida, de sus ritmos, de sus pausas, de sus intensidades:

“Conecte con el momento, porque si conviertes la vida en un trámite, acaba siéndolo. Abrázate a cada instante como si fuera el último. Nada más triste que vivir con el piloto automático.

(…) No se compare nunca con nadie y alégrese de los éxitos de todos. Siempre se sentirá ganador.

(…) Y nunca quiera controlarlo todo. La vida hay que aceptarla y amarla, con Nietzsche, también con sus desgracias. Y, como los taoístas, hay que acompañarla sin querer controlarla, porque no somos dioses. Celebre la vida tal como es y nunca le abandonará la alegría” Frédéric Lenoir.

Porota Vida
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