Día de los abuel@s, una excusa para la reflexión

Decenas de saludos recibí esta semana con motivo del Día de los Abuel@s. Si bien, no hay una fecha oficial para conmemorar el abuelazgo (y mis niet@s e hij@s fueron los últimos en saludarme empujados por un sinfín de mensajes de wasap) la excusa me hizo pensar mucho en mi rol de abuela y el de l@s abuel@s en general. Pero más me hizo pensar cuando de niña viví con mis abuel@s maternos. Convivir todos juntos no fue sencillo, y en el fondo sé que mamá jamás quiso criarnos en su casa, sin embargo lo que nunca alcancé a contarle es que cuando ella no estaba, el abuelo me fabricaba barquitos de papel y me llevaba a la acequia para verlos navegar y la abuela me dejaba revolver el dulce de limón que semana tras semana preparaba para salir a vender.

 

Mis abuel@s olían a campo, a viento ahumado, a comida casera, a miradas compasivas y cómplices. Mis abuel@s sabían a frutilla fresca y al chocolate a escondidas. Mis abuel@s fueron como eses viejos estereotipados de hoy, él un viej@ de campo con anteojos, pantalones al pupo y boina desgastada. Ella, con pollera a la pantorrilla, manos grandes y curtidas junto a un rodete blanco casi estático. Y así me pregunto qué recuerdos albergaré en mis niet@s. Me imagino viva por siempre en su memoria. De eso se trata ¿no? trascender en la vida de quienes amamos. Convertirnos en permanentes consultores del amor vigentes en la receta, el secreto, la caricia, el tiempo, la sonrisa, la paciencia, el cuidado y todos los «el» y «la» que a lo mejor no le dimos a nuestr@s hij@s pero que sí los pensamos para los niet@s.

 

El abuelazgo es la última oportunidad que nos da la vida para volver a empezar, sanar viejas heridas y disfrutar del presente sin peros, culpas o culpables. El abuelazgo es la última oportunidad que nos da la vida de conectar con nuestra infancia, de sanar al niño o a la niña que nos habita; dejándol@ jugar y entregándonos a un pulso y a un ritmo que requiere calma, escucha y contemplación. No resulta sencillo asumir el rol de abuel@.

 

El primer nieto o nieta nos pone en jaque y suele ser un punto de inflexión en la imperante necesidad de reconocernos envejecientes. Ell@s nos muestran la vida y la muerte al mismo tiempo y nos desafían a explicarles porque algún día ya no podremos abrazarlos. Ser abuelo o abuela requiere de mucho respeto a la infancia. Requiere entender que los niñ@s no aguantan la sobremesa, que a veces no quieren comer ni dormir a la hora que les imponemos, que no siempre quieren jugar a lo que les proponemos y que quedarnos quiet@s contemplando su juego e interviniendo cuando nos lo piden es el mejor regalo.

 

Ser abuelo o abuela implica también establecer acuerdos con nuestr@s hij@s, no competir ni pelear con ell@s. Ser abuel@ requiere hablar con absoluta franqueza y sinceridad sobre cómo cada un@ entiende el rol y aceptar lo que estemos dispuestos a ofrecer no por nosotros, no por nuestros hijo@ sino por esa infancia expectante que nos amará del modo en que amamos. Somos lo que amamos cuando amamos lo que somos.

 

Porota.

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