Con Raquel comenzamos yoga. Confieso que la osada fue ella. Se paró frente al cartel, tomó nota y al día ya nos había inscripto. Yo estaba un poco molesta. No me gustó que tomara esa decisión sin consultarme. Sin embargo ahora estoy feliz. Me siento mucho más flexible, equilibrada y hasta me compré zapatillas. Jamás había usado cámara de aire y un color tan chillón como el verde flúo. Me fui del tema. Este preludio es anecdótico. Lo que les quiero contar tiene que ver con lo que vivimos en la última clase. Llegamos al salón y en vez de colchonetas había sillas dispuestas en forma de círculo. En el medio un tambor. Nadie se animó a sentarse. Hasta que la profesora llegó nos quedamos charlando de pie. Junto a ella estaban dos jóvenes de pelo largo quienes nos pidieron a través de gestos y sin mediar palabra que nos fuésemos ubicando. En el centro y junto al tambor desplegaron una bolsa de arpillera llena de instrumentos de percusión, los más disímiles, raros y desconocidos (por lo menos para mi). Raúl estaba a mi lado. Enojado, refunfuñaba por lo bajo: «Para qué pierdo el tiempo si al final no vamos a tener clase». Confieso que estábamos muy desconcertados. Nadie decía nada. Todos mirábamos el despliegue y hasta Marta, la más «brava» del grupo, se había quedado muda. Al rato, uno de los pelilargo nos pidió (también sin hablar) que nos acercásemos al centro a buscar algo de todo lo que allí había dispuesto. Salí primera, estaba ansiosa, y por supuesto tomé «el bombo» fabricado con un tarro de pintura coloreado de verde, amarillo y naranja fosforecente. Me llevé los palillos y regresé a mi lugar. Marta eligió un cajón peruano. Raúl una especie de rallador (güiro). Raquel se agenció otro tambor y así, uno a uno fuimos tomando entre nuestras manos algo de tanto.

 

La hora de clase se multiplicó por cuatro. Las risas, el ruido, el compas, el disfrute inundó el ambiente. El calor sofocó la sala. Abrimos las ventanas. Nos descalzamos. Nos sacamos los abrigos. Me arremangué la camiseta. Las que pudieron, se ataron el pelo. Las que no, sacamos un pañuelo para secarnos la frente. Tomamos agua. Bailamos al compas, nos miramos a los ojos. Me percaté de lo contagiosa que puede ser la sonrisa de Marta. Me permití admirar la profundidad de la mirada de Raquel; apreciar la agilidad de las manos de Raúl. Y… lo más revelador de todo, YO, la «tapia» de la familia, la que nunca tuvo oído pude ¡tocar, ejecutar, acariciar… el bombo! Vibré al ritmo de un pulso que me brotaba de los lugares más recónditos de mi cuerpo. Bailé al son de una música que era mía y de todos. Dejé de lado mis ataduras y me entregué a un placer que aún no puedo describir.

 

Esa noche Santi, mi nieto menor, vino a dormir a casa. Esa noche jugamos a la batería con cucharas, cucharones, tenedores y cuchillitos de untar. Esa noche bailamos y reímos. Esa noche, dibujamos perros verdes; hablamos de marcianos y naves espaciales, de casamientos entre dinosaurios y delfines. Esa noche… descubrí a otra Porota y me gustó.

 

Porota.
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