Poco a poco se va acabando este año que nos dio la posibilidad de conocer sus historias, sus vejeces, que atraviesan no solo su historia personal sino, también la de los lugares en los que vivieron. En la trigésimo tercera entrega le presentamos a Augusto Jullier de 76 años, quien nos trae un poco de historia de esos pueblos santafesinos de principio del Siglo XX. 

Calles de tierra

Mi viejo pueblo creció lentamente, arribando al Siglo XX con las mismas 50 manzanas determinadas por el concepto urbanístico de cuadrículas, y sus calles de 117 metros, siguiendo el criterio de medida de 135 varas para cada una de ellas.

Esas calles con calzada de tierra y veredas con alcantarillas fueron testigos de la vida misma. Por ella transitaron a pie, a caballo, en bicicleta, en carros o automotores, generaciones enteras, en su diaria rutina yendo al trabajo, a la escuela, a la iglesia, a comprar, a vender, a reír y a llorar.

Esas calles cuyos nombres homenajearon primero a próceres y fechas patrias argentinas, mucho tiempo después recordaron también a pioneros locales de la colonización gringa. Las recuerdo con cruces en las esquinas, a manera de sendas peatonales, de losetas cuya utilidad bien valoramos en días de lluvia y barro.

También eran calles polvorientas que daban ese clásico olor al interior de los autos, y cuando llovía, el otro olor a tierra mojada. Aromas incorporados a todas las narices del pueblo, con quienes se habituaron a convivir.

Cepillos para ropa y calzado quitaban el polvillo de tierra, galochas y botas de goma protegían del barro y la humedad. La importancia de esas calles se reflejaba en su cuidado y mantenimiento. En época estival y con poca lluvia -a pesar de las rogativas en procesión a oratorios de pueblos vecinos-, la tarea de su riego fue fundamental con las pasadas matutina y vespertina. 

Lo hacían los camiones regadores que se surtían de agua de tres tanques elevados (tipo australiano) estratégicamente ubicados en el pueblo. Se regaba la calle con un lento desplazamiento y apertura de dos “sifones” laterales traseros con los cuales humectaban el ancho de la calzada. Estos chorros eran accionados por el mismo conductor moviendo sendas palancas, lo que le permitía interrumpirlas en presencia de algún auto estacionado u otro circulando en contramano.

Las calles tenían una particular atracción en verano, en las mariposas que, tras el paso del regador, se posaban sobre la tierra mojada, dando un inusual y momentáneo color amarillo a la calzada. Muchas veces, tras la obligación escolar y la merienda, mi amistad infantil con el regador de turno, posibilitó el privilegio de acompañarlo en el recorrido de la tarde, con el atractivo de poder accionar las palancas de los sifones traseros.

Esas calles de tierra fueron escenario de nuestros juegos infantiles de “la pelota”,” las bolitas” y las “corridas con balde de agua en carnaval”. También del “tochi” o “escondidas” nocturno que, en verano y después de cena, convocaba a todos los chicos del barrio para esas corridas esquivando los sapos  que bajo el farol de la esquina se encargaban de engullir los bichos de la noche.

Calles de tierra que en épocas de lluvias se convertían en pequeños ríos con agua en correntadas de zonas altas. Allí, tras esas tormentas de verano y con la tímida aparición del sol se hacía presente el arco iris, bajo cuyo multicolor abanico, los chicos chapoteaban felices en la virtual pileta callejera, hasta que la lenta evacuación del agua nos indicaba el regreso a casa y la espera del reto materno.

Restablecer su transitabilidad era la consigna posterior. Había que esperar viento y sol para su secado, tras lo cual la “Champion” (terraplenadora arrastrada por tractor), repasaba y abovedaba su perfil, restituyendo su uso. Así, las cunetas volvían a canalizar el escurrimiento de las aguas, con la tarea adicional de desmalezamiento y limpieza. 

Ellas, con escarchas congeladas en su superficie, evidenciaban el rigor de la helada invernal de madrugada. También fueron testigos de otros juegos infantiles con barquitos de corcho y del debut en la pesca paciente con anzuelo y lombriz, de mojarritas o alguna rana descuidada.

A fines de la década del 50, el ansiado progreso trajo el pavimento al pueblo, cubriendo de a poco con hormigón nuestras viejas calles de tierra. No pudimos caminar más descalzos en verano, desaparecieron las zanjas y los regadores y al no tener más barro ni polvo, también desaparecieron las galochas y los cepillos.

Augusto Jullier (76 años)

Santa Fe