Ayer fue un día feliz

MiniBio 

Nací en Moreno, igual que mis padres y mis abuelos paternos, en una época hermosa en que los chicos podíamos jugar en la vereda, dar la vuelta a la manzana en bicicleta o cazar mariposas en medio de la calle sin ningún temor. En la que, la escarcha blanqueaba el césped de las casas cuando caminábamos hasta la escuela y había sabañones en las manos de mi compañera de banco.

Con el mismo grupo compartimos el secundario, los bailes en las casas, en los clubes, las salidas… hasta que cada uno empezó a abrir su camino. A los 24 yo ya me había casado mientras estudiaba en la Escuela Nacional de Bibliotecarios. Nos mudamos a la Ciudad de Buenos Aires, que adopté sin dudar, y entré de lleno en la danza de la vida.

Entre marchas y contramarchas, giros y floreos se sucedieron las hijas, los viajes, nuevos títulos, las becas y los proyectos… hasta que esa “tanda” terminó. 

Ahora bailo lentos, siempre con el mismo compañero. Mientras veo caer de a poco las primeras hojas de mi otoño, abro los libros de mi mundo interior. Reencuentro en sus páginas mi amor por la naturaleza, los cielos, las flores silvestres; el entusiasmo por la escritura, la acuarela y la fotografía; la familia y los amigos, los que están, los que partieron y los que acaban de llegar, como mi nieta, que colma de alegría mis días.

 

 

 

 

Ayer fue un día feliz

 

Un veranito apenas antes de comenzar el invierno. El jardín brillaba bajo el sol. No esperábamos tanto. Por eso no pensamos en el tradicional asado bajo la enramada de glicinas. De todos modos, un acontecimiento y también una transgresión. Después de noventa días de distanciamiento, con las debidas precauciones, por fin nos íbamos a encontrar. 

La mañana anterior me avisó que iba a venir y que esta vez la traería. Inmediatamente empecé a repasar la lista de sus comidas preferidas y me puse en campaña contenta, a pesar de ciertos visos de angustia, al imaginar el viaje en bicicleta desde Vicente López, que me empeñaba en desestimar los más rápidamente posible. 

Para esa misma noche tenía la salsa hecha, había encargado unas pastas y, el budín orgánico de pera y manzana, humeaba sobre la mesada. No quería perder un minuto de la visita.

Llegaron casi a las doce. Entró saltando. Apenas si pudimos darle un beso. Corrió a inspeccionar todos los ambientes de la casa. Se detuvo para unas panzadas entre los almohadones del sillón. Subió apurada la escalera en busca del contenedor con sus juguetes. Sentó todos los muñecos de un lado, los ositos y el chanchito del otro, puso los Topis en un carrito de arrastre y con ellos fue al jardín en busca de Manuela, para darle algo de comer. Desplegó toda su energía correteando entre las hojas caídas, proponiéndonos juegos, compartiendo cuentos.  ¡Estaba tan contenta! Nosotros también.

Cuando llegó la hora de partir, no quería saber nada. Como en el cuento, debían estar de vuelta en casa antes de la caída del sol. La convencimos. 

No sé cuándo la volveré a ver… Pero no importa ahora. Ayer fue un día inmensamente feliz.

 

Susana Reca

70 años

Ciudad Autónoma de Buenos Aires