Aún sigue valiendo la pena

Carlos Martín Mardon nació en Entre Ríos pero la vida y los estudios lo trajeron a Córdoba. Su testimonio es el testimonio de tantos que nacieron en la segunda mitad del Siglo XX en nuestro país, juventudes testigo de la inestabilidad política de entonces que sanaban con esas grandes canciones que aún resuenan. Te invitamos a conocer su voz, la vigésima octava en este proyecto que hemos dado en llamar Voces Mayores, Registro Federal de Historias +60. Su voz es ahora esa caricia que necesitamos para recordar que persistir vale la pena. 

Aún sigue valiendo la pena

Nací promediando el siglo XX, en 1956, en Basavilbaso, Entre Ríos, cuando aún flotaba por el país la hedionda bruma del odio y la venganza. Pero yo era muy pequeño, no percibía estas cosas, solo mucho tiempo después volvería a sentir angustia por aquello que quedó tal vez registrado en mi alma. 

Fui creciendo, mis ojos se llenaban de girasoles, de vías férreas y trenes, mis pequeñas manos sentían la tibieza de la mano del abuelo, la canasta de mimbre de la abuela llena de coloridos zapallos, choclos, crema de leche que traía de Rocamora, y en el atardecer escuchar la propaladora del pueblo: ”…la luna, el cielo y tú, qué hermosa realidad…”. Así mis primeros años.

El destino nómade de mi familia me enfrentó a una recurrente despedida. Después, el tiempo a la crueldad del olvido (todavía no puedo recordar cómo se llamaba el chico que vivía frente a la casa de los abuelos y jugaba conmigo). Y la amarga nostalgia del recuerdo. Adiós al negro Belingeri, adiós a Huguito Legaria, adiós a los Inchauspe (después la vida nos juntaría como hermanos), adiós a los Lorenzo, adiós Jose Luis Perotti, adiós mi San José de Feliciano. Un adiós en cada pueblo.

Nada era estable, al cabo de uno o dos años todo cambiaba, solo el núcleo familiar permanecía como una muralla que resistía. Me refugié entre los brazos de mamá y desarrollé una vida interior que supliera lo que una inmensa timidez me impedía desarrollar hacia afuera. Los pueblos chicos, de gentes sencillas, me ayudaron a abrir mi corazón y tener una niñez y adolescencia privilegiadas, llenas de inocencia, ríos, música, y amigos en el beso compartido en la bombilla de esos mates amargos bien entrerrianos en tardes de torta frita y poesías. 

“…en tardes de lluvia y barro,

de risas y mate amargo

fuimos urdiendo los sueños

de un tiempo de pelo largo…”

Un día me fui de Entre Ríos, quedaron allá todos mis amigos que traje conmigo junto con los sueños de cambiar el mundo y esa mirada luminosa que me asombra cuando miro las fotos y busco a la mañana al lavarme la cara, en ese rostro que me mira desde el espejo, medio dormido, con menos pelos y más canas. ¿Soy el mismo?.

Pero también nos tocó peliaguda. Cursar la universidad en medio de la dictadura, con esa mezcla de inconsciencia y audacia, disfrutando de esa “libertad” que era solo lo permitido, pero nadie estaba dentro mío, nadie entraba en nuestro mundo de amor y de confianza de ese círculo estrecho que siempre fue nuestra coraza, mientras la televisión rezaba: “…sabe usted dónde está su hijo…”. Pero pasó ¡y qué grandioso fue recuperar las calles y el canto! ¡Votar por primera vez! Dejar en las urnas la esperanza. ¡Los recitales! Mercedes Sosa, Victor Heredia, Los Jaivas, Horacio Guarany, Alfredo Zitarrosa. “…en mi país qué tibieza cuando empieza a amanecer…” Y aunque no todo fue color de rosa, aunque ganamos algunas machucones, aún sigue valiendo la pena. Apostando al triunfo, soportando las derrotas, consecuentes con nuestro corazón. Donde estamos no es de nadie y es de todos, lo diverso hace la maravilla de la creación.

“…Sobre tu mano posaré la mía,

haremos montañas de manos,

una hoguera, una pira

donde ardan los sueños, 

el amor sin destino,

la necesidad insatisfecha,

los colores de piel,

la mirada perdida.

Extiende tu mano

No dejes que se conviertan 

en manos mezquinas,

aquí falta la tuya,

¡mira cuantas manos tendidas!

déjalas abiertas a la espera del día,

palomas agitando sus alas,

¡también así son rebeldía.!”

Hasta acá llegamos, ya superé la timidez, aunque me pongo colorado con facilidad, pero no puedo superar la etapa de mis sueños, con avances y retrocesos, como el horizonte allá, siempre en esa dirección espera, no me perdonaría nunca perder el camino.

Han pasado muchos años y hoy nos toca vivir este encierro y ausencia de los abrazos que ni el más audaz osó imaginar, sin embargo, por esos sueños que persistentes golpean en el alma negándose a ser derrotados, aferrados aún a la mano tibia del abuelo, nos hace esbozar una sonrisa y encarar con optimismo el día, a la espera de todos los abrazos. Mientras tanto, todas las mañanas al lavarme la cara, en el  rostro de un hombre adulto que me mira desde el espejo, un niño me dice ¡que aún vale la pena!

Carlos Martin Mardon (63 años)

Córdoba. 

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