Cuando me animé a mirar esta etapa de la vida con otros lentes, descubrí mis raíces y cuan descuidada tenía a mi copa. Un día cerré los ojos, me dije «basta». Al poco tiempo las hojas brotaban de las ramas más secas y si bien aún quedan muchas por germinar, la maravilla de mi vida ya fue develada. No hay cielo para mis hojas ni suelo para mis raíces, solo alas invisibles que aún están aprendiendo a aletear.

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¡Gracias, Elba por regalarme esta frase de OSHO!

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