Narrar nuestra historia, recuperar los días

“La suma de los días” se llama el libro que Isabel Allende escribió hace más de una década. Se trata de la fantástica recopilación de su propia historia narrada en tono epistolar a su hija Paula, muerta tras padecer una enfermedad terminal. Isabel hace mucho que es vieja. Y hace mucho también que sus libros albergan un lugar especial en mi pequeña biblioteca. “La suma de los días” me atrapó entre matices. A veces era ella, y a veces era yo la que vociferaba “cuando el pozo está vacío hay que llenarlo”. Llenarlo de palabras, de orden, de sentido. Y no bastan grandes cosas, más bien hojas en blanco, una birome o una computadora con el tiempo suficiente para evocar a las consonantes y vocales.

 

Recordar y ordenar esos recuerdos en palabras me ha permitido, más de una vez, no sucumbir a la soledad o a la asfixia del silencio abrumador. Han sido muchas las repercusiones que ha tenido el video y la nota que el viernes pasado publicamos en nuestras redes sociales abordando la temática de la soledad. Y pude conectar con las emociones de cada uno de los testimonios que nos compartieron porque, de algún modo, esas emociones también son mías.

Escribir cada semana una breve reflexión, como mujer envejeciente, también es un modo de llenar mis espacios de soledad. De esa soledad que duele, que permanece y que persiste, a veces creo que por la única razón de ser la que me activa. Sin esa soledad percibida, tal vez haría mucho menos de lo que hago. Diría mucho menos de lo que digo. Me llenaría de ruido y no podría conectar con quien verdaderamente soy.

“La suma de los días” duerme de forma permanente en mi mesa de luz. Es un adorno al que ya no le cuestiono su derecho adquirido. Sin embargo, en esta oportunidad se transformó en una respuesta posible. Desempolvé su portada y releí sus páginas destacadas con flúo amarillo. Y pensé en ustedes, en aquellas personas que se sintieron identificadas, afectadas, dolidas por el video de la señora española sola en su departamento del “Primer Mundo”.

¿Y si los, las invito a escribir su biografía?
¿Y si los, las invito a escuchar su propia historia?, ¿a desencadenar un posible encuentro consigo mismo?

Isabel Allende fue una gran amiga de su madre. Ambas compartieron una íntima relación a través de cartas escritas a mano que Isabel pone en valor en su libro. Una desde Chile, la otra desde los Estados Unidos. “Si ella muere antes que yo, como es probable que ocurra, podré leer dos cartas diarias, una suya y otra mía hasta cumplir ciento cinco años y para entonces estaré sumida en la confusión de la senilidad, todo me parecerá nuevo. Gracias a (la materialidad) de nuestra correspondencia, viviré dos veces”, detalla Isabel con poética sinceridad.

Salir, despejarse, tomar aire, entablar nuevos vínculos, no es fácil en la vejez. ¿Imposible? jamás, sencillo ¡imposible! Sin embargo, escribir, puede ser otro recurso “á la carte” para no sucumbir a los fantasmas de nuestra imaginación que a veces amiga, a veces enemiga, se ocupa de ocuparnos.

-“Alberto, quiero sugerirle a mis lectores y lectoras que escriban su biografía, que narren su historia de vida”, le dije por Whatsasap a mi amigo, el escritor Alberto Rodríguez Maiztegui.

-“Un buen modo de ponerse a escribir una autobiografía -para aquellas personas que no son escritores profesionales- es grabarse y transcribir todo lo que dijeron. Recién ahí, una vez hecha la transcripción, corregir”, me respondió con prolija brevedad.

Grabar, transcribir, corregir, ordenar por capítulos, con criterios cronológicos, de acontecimientos, por personaje, qué sé yo. Hay tantos modos de contarnos, de decirnos, de ser… como personas narradoras habitan este suelo.

“Por momentos no sé con quién hablo, si conmigo misma, mis fantasmas más feroces o la vecina de enfrente de quien solo conozco una lejana voz chillona”, me confesó una lectora por mail. Quizá, grabarnos, repasar nuestro camino de vida, nos anime a tomar distancia de la soledad que duele y nos permita amigarnos con quienes somos, con la soledad fértil, la que nos impide sucumbir en la desazón. Un intento de narración puede ser la puerta de entrada a un grupo de escritura y, por qué no, a la posibilidad de hallar nuevas compañías.

“Gracias a nuestra correspondencia viviré dos veces”, dijo Isabel.

Estamos invitados, invitadas a vivir dos veces o más… ¿por qué no? La excusa de escribir puede servir para re-entablar viejos vínculos y transformarnos en detectives de nuestro pasado. Para aprender a preguntar, así como lo hizo Isabel, que reconstruyó la historia de su tribu, de su familia, pidiendo permiso, escuchando, preguntando y repreguntando. Tejiendo sus historias con las de sus seres queridos. Remendando viejas heridas y sentándose a la mesa con el dolor permanente de las pérdidas que ya son parte de la decoración. Como su libro en mi mesa de luz.

-“Por último mi querido Alberto, ¿qué libros biográficos nos recomendarías leer?”

“´La liebre de la Patagonia» de Claude Lanzmann; «La cabeza contra el suelo» de Paco Jamandreu y «El amante» de Marguerite Durás”, me respondió.

Y así finalizó Isabel su libro…”(…) abrazados, livianos en el agua caliente, bañados por la luz color ámbar de las velas, sentí que me fundía en ese hombre con quien había andado un camino largo y abrupto, tropezando, cayendo, volviendo a levantarnos, entre peleas y reconciliaciones, pero sin traicionarnos jamás. La suma de los días, las penas y alegrías compartidas ya eran nuestro destino”.

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12 Abril 2019

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