El cuidado en la vejez: ¿es femenino?

Susana tiene 65 años. Es viuda. Vive sola, y aunque tiene dos hermanos varones, ella es la única que cuida a su mamá de 82. Susana está muy cansada y no cuenta con recursos suficientes para pagar más horas de cuidado de las que ya paga. Si bien su mamá es una mujer saludable, lo cierto es que ha perdido mucha independencia física y dejarla sola es todo un riesgo. “Hija, no quiero ser un peso para vos, llevame a una residencia”, le repite una y otra vez. Sin embargo, ella no acepta tener que dejarla en un lugar que no conoce, siente culpa. Está muy agobiada. 

 

Carolina tiene 55 años. Su rutina oscila entre la coordinación de las actividades de sus tres hijos adolescentes, la vida doméstica, el trabajo y su mamá que hace tres meses vive en su casa tras presentar algunos síntomas de declive cognitivo y pérdida de fuerza muscular en las piernas. Eso la obliga a caminar con andador o bastón de tres apoyos. Aún no admite la posibilidad de pedir ayuda a un cuidador gerontológico o alguna institución. 

 

Susana y Carolina son lo que en el mundo de la vejez denominamos “cuidadoras informales”. Se trata de un trabajo full time, absolutamente invisibilizado, que recae de lleno en la primera línea femenina de esa persona mayor: si no es el cónyuge (que en general es mujer), es la hija, la nuera, y en cuarto lugar, el hijo varón. La cultura del cuidado está atravesada por la historia del rol de la mujer en la vida occidental y patriarcal. Es un tema complejo y que contempla múltiples análisis. 

 

Lo cierto es que las formas de vida han cambiado. Tiempo atrás era común esperar que en una familia existiera “esa” hija mujer, parida casi exclusivamente para garantizar el cuidado de sus padres en la vejez. Los roles se han transformado, la expectativa de vida aumenta, la mujer ha logrado (con sus matices y desigualdades aún en revisión) insertarse en el mercado de trabajo y los formatos y dinámicas familiares ya nada tienen que ver con los del siglo XX. Esto significa que no podemos seguir abordando un tema tan importante para la vida de las personas del mismo modo en que lo hacíamos décadas atrás. La temática de los cuidados llegó para quedarse e interpelar los roles no solo femeninos, sino también del Estado, de las instituciones públicas y privadas y de todos quienes integramos este suelo. 

 

No cesa el pedido de ayuda. Semanalmente nos llegan consultas de personas absolutamente desbordadas pidiendo asesoramiento. La exclamación es habitual: “no sé qué hacer con mi mamá, con mi papá, con mi suegra o con mi marido. Estoy cansada, pero si no los cuido me siento mal, culpable”.  

 

Sobre la culpa, María Soledad Planes, consultora del BID, señaló que esa culpa “fue en parte alentada por esa creencia, todavía compartida en la región, de que son las mujeres quienes deben afrontar las tareas de cuidado. Lo cierto es que lo que hasta hace poco consideraba una creencia propia, puede verificarse con estadísticas: en América Latina y el Caribe alrededor del 63% del tiempo dedicado al cuidado no remunerado lo brindan las mujeres. En Argentina, por ejemplo, ese tiempo dedicado aumenta al 75%”. 

 

El tema llegó para quedarse a la par del envejecimiento poblacional. Estamos invitados a abordarlo responsablemente, sin caer en lugares comunes sesgados de “viejismo” (o sea, de discriminación y miedo a la vejez). Insisto, no es una problemática, son realidades que nos interpelan como consecuencia del dinamismo frente a los permanentes cambios sociales. No es ni bueno, ni malo… es. 

 

En este sentido, me gusta citar a Leonardo Boff porque, además de ser un referente del “Paradigma del Cuidado” es un varón; y si bien, no debería funcionar de este modo, lo cierto es que a veces escuchar hablar a un varón sobre “cuidado” resulta más “atractivo” por ser un tema que culturalmente no está asociado a ellos. Además, porque en mi caso, contribuye a no tener que pensar el cuidado estrictamente vinculado a mi condición de mujer sino más bien a mi condición de persona. 

 

Cuando Boff se refiere a este tema lo hace poniendo en primer lugar el cuidado personal: del cuerpo, del espíritu y de los pensamientos. Pensar el cuidado interpersonal como un mandato es autopercibirnos objetos antes que personas; es olvidar que, para poder cuidar, tenemos que primero aprender a amar compasivamente quienes somos. Si amamos quienes somos, estaremos en condiciones de elegir libremente. El cuidado debe ser electivo, no percibido como un mandato. “Donde hay cuidado hay paz”, así de simple, así de complejo. 

 

 

 

POROTA.
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