“Coco” y la trascendencia de las palabras

Muchas fueron las personas que me han pedido que escriba sobre la última película animada de Pixar llamada “Coco”. Lo más probable es que ese pedido haya venido de la mano de una asociación muy frecuente: el proceso de envejecimiento con la muerte. Y sí, hemos de asumirnos finitos y qué mejor que pensarnos del modo en que la película nos propone; almas en constante reencuentro (mientras seamos recordados por los vivos) Felicito a quienes se animaron a llevar al cine un tema tan apasionante como tabú. Y los felicito por la belleza y el cuidado con el que mostraron una tradición ancestral: la celebración mexicana del Día de todos los muertos. Declarada por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad la celebración -que viste de colores los cementerios- invita a conectar con los muertos queridos para recordarlos y recordarnos que la vida es apenas un suspiro.

 

Sin embargo, de lo que menos habla la película es de la muerte. Fui dos veces a verla, la primera con Santi y la segunda sola. Santi comprendió enseguida de qué se trataba y me relató el argumento una y otra vez sin fisuras. Es que fui muy insistente ya que necesitaba confirmar cuánto había comprendido. También hablé con otros niños que la habían visto y todos coincidieron en aseverar que el verdadero protagonista de la historia es Miguel, y no la muerte, tal cual lo pensamos muchos de los adultos. Miguel es un pequeño entre los 6 y 10 años que motivado por su vocación de músico se animó a desafiar una imposición familiar ancestral. La película habla de los vínculos, de la familia, del árbol genealógico, de los mandatos y de lo absurdas que son ciertas máximas familiares -que adoptamos sin chistar- hasta que alguien se anima a cuestionarlas. Ese “alguien” es el héroe, el loco, el tonto que habita en los relatos como magnífico o insignificante.

 

“Coco” me vino a mostrar cuán poderosa es la palabra y la fuerza que va adquiriendo a lo largo de los años. La palabra se asienta, el tiempo la endurece y genuflexa ella se resiste al desafío de quedar vetusta. Y en eso sí hay una estricta vinculación con el proceso de envejecimiento. A veces, a medida que vamos cumpliendo años nos aferramos a historias, creencias, anécdotas, mandatos en síntesis… palabras que nos da miedo soltar. Y así, el miedo a los cambios, a la incertidumbre, a la muerte… nos arrastra hasta el engaño de hacernos creer que por sujetarnos a algo o alguien vamos a vivir por siempre. “Coco” me susurró al oído que no existe ningún secreto o máxima que pueda ocultarse. La verdad brotará aun cuando deba esperar miles de años para ser descubierta. Como reza una frase de Tournier: “Lo que no existe, insiste. Insiste para existir” ¡incluso después de la muerte!

 

Si aún no viste “Coco”, te invito a que la disfrutes con la mirada puesta en el presente a sabiendas de que aquello que hagas o digas trascenderá la propia impermanencia. Si ya la viste, contame que te trajo, que te mostró y hasta donde te instó a pensarte ¡Gracias!

 

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16 febrero, 2018
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